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Analisis

La verde campiña inglesa

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Mientras escucho a Richard Wagner, en su obra Tristan e Isolda, en un disco de vinillo adquirido en una tienda de Barcelona, termino de leer la biografía de C.S.Lewis en el sillón de mi estudio, al lado de un tocadiscos de la Belle Epoque, estilo vintage, me acuerdo de una cita del gran compositor clásico Giussepe Verdi que dice:

“Adoro el arte, cuando estoy solo con mis notas, los latidos de mi corazón y las lágrimas caen, mi emoción y placer son inmensos.”.

Dicen que no existen las Arcadias míticas, para mí sí. Durante estos días he estado apartado del mundanal ruido, del lúgubre transitar de la vida, del nihilismo más exacerbado, de la rabia, de la frustración, de la desidia, de la discordia, de las miradas furtivas siempre al acecho, de las redes sociales que todo lo pervierten y definen con sus hilos más finos, como si estuviera en un libro de Murakami.

Sí, durante estos días, la paz y la tranquilidad de la verde campiña inglesa ha sido intensa en las célebres palabras de Michael Sinclair Kennedy: «Cada paísaje tiene su historia: esa que leemos, esa que soñamos, esa que creamos»… son lugares que huelen a campo, a hojarasca, salpicados por las colinas verdes y ondulantes, donde el tiempo parece detenerse, su nombre, los Cotswolds.

Estos parajes románticos, y oníricos, llenos de una belleza inusual, con horizontes llenos de alfombras verdes que inundan el paisaje, llenos de castillos, círculos mágicos, donde según las antiguas leyendas siguen habitando los espíritus de los antiguos druidas. Jane Austen escribió en Orgullo y Prejuicio, 1813: «A través de los claros del bosque pudieron sus ojos recrearse con encantadores paisajes del valle, las colinas que lo cerraban por el otro lado, cubiertas en gran parte del boscaje y de algunas secciones del río».

No hay mejor lugar para escribir y leer que la verde campiña, alejado de la guerra, y no hablo solo de la que se está librando en Ucrania, sino a la que está afectando a los bolsillos de las personas, la económica, con esa inflación que no para de subir, de la alimentaria, que empieza hacer estragos en el tercer mundo, por si no tuviera bastante.

Los Cotswolds es una zona al margen de la superpoblación y masificación, son un paréntesis en un mapa sobrecargado. Largos campos de tierra se abren, enclaustrados por muros de piedra verde donde pacen tranquilas las ovejas y pueblos de casitas de piedra, como si fuera un decorado de cine. Pero no son decorados, para mí es lo más parecido a la mítica y legendaria Arcadia, y que hoy conocemos gracias a que fue concebida por la literatura y la pintura moderna como una edad dorada de abundancia, inocencia y felicidad; un lugar donde la paz y la dicha reinaban junto a paisajes pastoriles y hermosas ninfas. Fue Virgilio, el poeta romano, que idealizo esta hermosa Arcadia, exagerndo virtudes, añadiendo atractivos con una vegetación exuberante, una eterna primavera y el inagotable ocio. Los Cotswolds no necesitan añadidos, pero los hombres necesitamos de utopías, de reinos inimaginables donde ir a reposar nuestra alma. Como dice Anabella Squiripa: Esta utópica Arcadia de Virgilio resurgió en el Renacimiento, pero no como un paraíso lejano en el espacio, sino en el tiempo, una edad de oro, un pasado feliz y perfecto inalcanzable. Así como la Grecia Clásica, Arcadia es el objeto de nostalgia de los renacentistas. Con el tiempo, siguió siendo un tema recurrente en el arte occidental, el de un reino utópico, perdido y contemplado con melancolía. Artistas como Giovanni Francesco Guercino, Nicolas Poussin, Jacopo Sannazaro, Miguel de Cervantes, Lope de Vega y Sir Joshua Reynolds inmortalizaron la legendaria Arcadia y aseguraron para siempre su presencia en la cultura occidental.

Si, me reafirmo en lo dicho, las Arcadias míticas existen y todos tenemos una en mente, donde la nostalgia se nos va hacia paraísos perdidos, y no hablo del gran poema de Milton, (que, por cierto, todos deberían de leer) no, hablo de la sensación de libertad, del lugar donde la obra imperfecta, inacabada, se cierra para concluir. Donde el influjo del espíritu inconsciente se vuelve consciente y nos devuelve al verdadero héroe de nuestra historia, donde cada uno de nosotros, somos nosotros mismos, fuera del influjo mimético de una sociedad abatida por ese espíritu de rebéldia que nunca tiene suficiente, fuera de los espacios siniestros, nocturnos, sórdidos, perversos y ruinosos.

Vuelvo a Wagner y su drama musical en tres actos basado en gran medida en el romance de Godofredo de Estrasburgo, compuesta entre 1857 y 1859, pero solo para recordar las palabras de Gottfried von Strassburg, (y que hago mías) un poeta alemán de la Edad Media, autor de Tristán e Isolda:

«He llevado a cabo una labor, una grata labor dirigida al mundo y destinada a consolar nobles corazones: a aquellos a los que aprecio y al mundo sobre el que descansa el mío propio. No me refiero al mundo común, a ese mundo de los que, según he oído decir, no puede soportar el dolor y únicamente ansían estar inmersos en la felicidad. ¡Que Dios se lo permita! Mi historia no está dirigida ni a su mundo ni a su forma de vivir, su vida y la mía son dos mundos aparte.
Es a otro mundo al que me dirijo, al mundo que lleva en su corazón una carga de dulce amargura, que se deleita con ello y con el dolor de la nostalgia, que ama la vida y se entristece con la muerte, que ama la muerte y se entristece con la vida. Dejad que tenga mi mundo en ese mundo, que me condene o me salve con él».

Ahora, vuelvo a bajar el telón mientras cierro el tocadiscos, mañana será otro día, un nuevo baño de realidades tan parádogicas y surrealistas como siempre, hasta que llegue el fin de los tiempos, y la función se retire para siempre.

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