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Analisis

Las revoluciones del bienestar general

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Existe una natural tendencia, una impronta dentro de cada ser humana que lo impulsa a buscar mejorar su propia condición. Ese sentimiento moral, como diría Adam Smith, es una expresión de la dignidad personal que posee cada persona por el hecho de ser un agente, un ser dotado de consciencia, creatividad, autocontrol y empatía.

A menudo esa disposición de la naturaleza humana se suele reflejar en esta frase del filósofo escocés:

“No es la benevolencia del carnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. No nos dirigimos a su humanidad sino a su propio interés, y jamás les hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas”.

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Sin embargo, también existe un sentimiento moral dentro de nosotros que nos induce a preocuparnos por los demás, a buscar su bien y a intentar cooperar con ellos para la felicidad de todos.

“Por más egoísta que quiera suponerse al hombre, evidentemente hay algunos elementos de su naturaleza que lo hacen interesarse en la suerte de los otros de tal modo, que la felicidad de éstos le es necesaria, aunque de ello nada obtenga, a no ser el placer de presenciarla. De esta naturaleza es la lástima o compasión, emoción que experimentamos ante la miseria ajena, ya sea cuando la vemos o cuando se nos obliga a imaginarla de modo particularmente vívido. El que con frecuencia el dolor ajeno nos haga padecer, es un hecho demasiado obvio que no requiere comprobación; porque este sentimiento, al igual que todas las demás pasiones de la naturaleza humana, en modo alguno se limita a los virtuosos y humanos, aunque posiblemente sean éstos los que lo experimenten con la más exquisita sensibilidad. Aun el mayor malhechor, el más endurecido transgresor de las leyes de la sociedad, no carece del todo de ese sentimiento”.

(2)

¿Cómo se pueden cumplir ambos designios de nuestra naturaleza? ¿Bajo qué ideas y condiciones institucionales podemos al mismo tiempo beneficiarnos a nosotros mismos y a los demás? Es un análisis que debemos hacer, debido a que está en juego lo que hemos logrado como sociedades en términos de calidad de vida. Existen tres ideas fundamentales que hicieron posible desarrollar instituciones que nos benefician a todos, en general, y a cada uno en particular.

La primera idea: todo individuo es legítimo dueño de los frutos de su trabajo. Esta noción da origen a la institución de la propiedad privada. Debido a que las personas desarrollan planes de vida y estos planes precisan de medios materiales para cumplirse con mayor satisfacción, es vital para la convivencia pacífica saber qué repartición del mundo corresponde a cada individuo en cada momento.

La segunda idea fundamental: es lo que algunos llaman “la mentalidad de abundancia”. (3) Más allá de que las reparticiones del mundo material dispongan de mayor o menor porción de él para cada uno de nosotros, no es esa desigualdad la que ocasiona la diferencia en los resultados, sino la particular forma en la que cada individuo dispone de lo suyo con creatividad, frugalidad y buscando servir a los demás con sus medios materiales. En otras palabras, que algunos tengan menos no es porque algunos tengan más, reduce nuestra natural disposición a la envidia y da lugar a nuestras fuerzas creativas para que podamos hacer mucho más incluso con menos recursos.

La tercera idea es: las promesas y pactos son importantes y deben ser respetados. Naturalmente los individuos muchas veces querrán intercambiar las porciones del mundo que han trabajado o recibido, y en ese caso, como diría el sabio de Kirkcaldy, Escocia, “la honradez es la mejor política” (4). Si queremos beneficiarnos a nosotros mismos y a los demás es esencial que seamos capaces de cumplir con nuestra palabra. Es por ello que “podemos esperar un grado considerable de virtud” en la sociedad, decía Smith. ¿Quién haría negocios con alguien que es un conocido estafador? Es decir, una persona que incumple alevosamente sus contratos.

Estas tres ideas sostienen el orden del mercado, que no es otra cosa que un espacio de naturales intercambios voluntarios entre los individuos. Cada vez que se realiza un intercambio en el mercado, a pesar de algunas excepciones, la tendencia es a que todos salgan beneficiados. De otro modo el mercado como institución colapsaría. Los mercados abiertos, con bajas regulaciones, con pocos impuestos, con seguridad de la propiedad privada y justicia, son lugares donde las personas se benefician a sí mismas y a sus prójimos, lugares donde se cumplen ambos designios de la naturaleza humana: buscar mejorar nuestra propia condición individual y mejorar la condición de los demás.

A la mejora de las condiciones de vida de los individuos y sus comunidades es lo que Adam Smith denominó “las revoluciones del bienestar general” (5), sin embargo, esas mejorías no suceden sino a la sombra de las ideas correctas, que sostienen las instituciones de la propiedad privada, los libres intercambios y los contratos voluntarios.


  • [1] La riqueza de las naciones, A. Smith; p.46, 1776. Alianza Editorial. 2017.
  • [2] La teoría de los sentimientos morales, A. Smith; p.49, 1759. Alianza Editorial. 2017.
  • [3] Concepto del libro de Stephen R. Covey, Los siete hábitos de la gente altamente efectiva.
  • [4] La teoría de los sentimientos morales, A. Smith, p.138, 1759. Alianza Editorial. 2017.
  • [5] La riqueza de las naciones, A. Smith, p.209, 1776. Alianza Editorial. 2017.

Docente Universitario Director de I + D Fundación Issos para la Libertad y el Desarrollo

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