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Analisis

La rusofobia y los fantasmas del pasado

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Tengo por costumbre leer algunos periódicos mientras me tomo una taza de café por la mañana, una costumbre anglosajona que adopte de mis idas y venidas entre Londres y Nueva York. El desayuno y las noticias tempraneras forman parte de mi rutina diaria. Como anécdota recuerdo una mañana leer, esta noticia, para mi sorpresa: «Anna Netrebko, la soprano rusa más aclamada de la historia fue cesada por la Metropolitan Opera (Met) de Nueva York porque rehusó condenar públicamente a Vladimir Putin, a pesar de haber denunciado la guerra.»

Con la guerra de Ucrania, se ha extendido aún más si cabe la deleznable idea globalista de la cultura de la cancelación. Y con ella ahondamos más si cabe sobre las nuevas bases de la libertad de expresión. Occidente levanta un nuevo muro, y no tiene nada que ver con el muro de las lamentaciones en Israel, pero sí con la caída del muro de Berlín. Estados Unidos y la Unión Europea están dando pasos hacia un nuevo muro conceptual basado en la nueva ideología de los medios financiada por George Soros y sus secuaces neoliberales de las grandes corporaciones.

Aunque la expresión, rusofobia viene precedida de términos como, Comunismo, Madre Patria, La Gran Rusia, la Unión Soviética, hoy en día la ampliamos a nuevos sectores como pueden ser, la música, la literatura, la lengua, etc., bajo la excusa del nuevo espectro internacional. Y así continuamos hacia la degradación de Facebook, llamado ahora Meta. Donde ha permitido durante unos días que se pudiera aplicar todo tipo de improperios y violencia verbal hacia Putin, Rusia y los rusos, eso sí, mientras tanto Trump sigue vetado de por vida, y Biden cambia de socio, como su nuevo amigo Maduro, sin que nadie alce la voz, no vaya a ser que se queden sin petróleo por no hacer el temido fraking que propuso Trump. La hostilidad hacia Rusia viene precedida por la ignorancia de las masas, que se dejan guiar por los nuevos oligarcas del monopolio mediático.

El 13 de julio de 1941, tres semanas después de la invasión de la Unión Soviética, el líder de las SS nazis, Heinrich Himmler, le dijo al grupo de hombres de las Waffen-SS:

Esta es una batalla ideológica y una lucha de razas. Aquí, en esta lucha, se encuentra el nacionalsocialismo: una ideología basada en el valor de nuestra sangre germánica y nórdica. … En el otro lado está una población de 180 millones, una mezcla de razas, cuyos nombres son impronunciables y cuyo físico es tal que uno puede derribarlos sin piedad y compasión. Estos animales, que torturan y maltratan a todos los prisioneros de nuestro lado, a todos los heridos con los que se encuentran y no los tratan como lo harían los soldados decentes, lo verán ustedes mismos.

¿Hay acaso alguna diferencia? ¿No se aplican las mismas barbaridades verbales?, como bien dice Julio Escobar en The Objective: La infinita legión de necios cree hacer así un favor a los ucranianos cuando, como dice Enrique García Márquez al analizar este fenómeno, «ni cancelar a Dostoievski ni a Chéjov ni a Solzhenitsin ni censurar a Tarkovski ni acallar a Tchaikovski ayudará lo más mínimo a los ucranianos; o, mejor dicho, totalmente al revés».

¿Qué diferencia hay entre aquella persecución indiscriminada a los alemanes durante la Gran Guerra, o la de los ciudadanos japoneses integrados en la sociedad norteamericana tras el ataque a Pearl Harbor y la que se está ejerciendo hoy día sobre los rusos?

Estamos llegando a extremos tan ridículos como los dirigidos al revisionismo histórico que llevamos años padeciendo. Los mismos que han condenado a la creadora de Harry Potter, por sus declaraciones sobre el movimiento Trans, son los que nos están imponiendo esta nueva dictadura del pensamiento único. ¿Desde cuándo los artistas, los deportistas, escritores y personajes de la cultura, deben dar fe de sus creencias políticas o religiosas? ¿Acaso no vulnera los derechos fundamentales de las personas? Una vez más, las naciones supuestamente democráticas socavan las propias bases y principios bajo los cuales fueron levantados.

Esta noche, antes de ir a dormir y apagar la luz de la lampara de mi mesita, leo en un periódico local, dos noticias sobrecogedoras: La Scala de Milán informó este miércoles que el director de orquesta ruso Valeri Guérguiev no dirigirá la ópera La dama de Picas el próximo 5 de marzo, tal como estaba previsto. ¿La razón? Guérguiev no respondió a una petición del teatro italiano de condena de la invasión de Ucrania por parte de Rusia. Y la segunda: 41 jugadores rusos de la liga norteamericana de hockey han sido hostigados, enfrentando amenazas y perdido contratos comerciales.

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