Más allá de la Cumbre Xi – Trump y de la consumación del fraude electoral en Perú, quizás una de noticias más controversiales de la semana pasada, sin duda fue el comentario vertido por el Presidente Donald Trump quien dijo que estaba “considerando seriamente convertir a Venezuela en el Estado 51”. No conforme con ello, al día siguiente agregó: “… dicen que tengo un 99% en las encuestas en Venezuela, ¿pueden creerlo?”.
Debemos tener muy presente que no es la primera vez que el mandatario estadounidense hace este tipo de afirmaciones, primero lo hizo con Groenlandia (la mega isla ártica que forma parte del Reino de Dinamarca), más tarde le tocó el turno a Canadá, lo que desató no sólo un enérgico rechazo por parte sus vecinos y longevos aliados estadounidenses, lo peor, terminó empujando al wokista primer ministro Mark Carney hacia China en un apresurado giro estratégico.
Por supuesto, la reacción no se hizo esperar por parte de la sucesora de la narcotiranía venezolana, Delcy Rodríguez respondió desde La Haya: “… hemos venido a la Corte Internacional de Justicia a defender soberanía, a defender nuestro proceso de independencia, eso no está previsto. Jamás estaría previsto porque si algo tenemos los venezolanos y las venezolanas es que amamos nuestro proceso de independencia (…) y nosotros seguiremos defendiendo la integridad, la soberanía, la independencia, nuestra historia, que es una historia de gloria que hombres y mujeres dieron su vida por hacer de nosotros no una colonia, sino un país libre. Bueno el presidente Trump, él sabe, hemos estado trabajando en una agenda diplomática de cooperación, ese el curso y ese es el camino. El camino es la cooperación para el entendimiento entre los países.”
La gran pregunta, ¿realmente el Presidente Donald Trump está hablando en serio o es parte de su actuación propio del show man de la política mundial? Para los que hacemos el ejercicio frecuente de leer al mandatario estadounidense y su forma de hacer política –más allá de lo errático- encontramos algunos patrones propios de su estilo negociador, justamente una de sus herramientas más frecuentes consiste en golpear primero para luego llevar a sus adversarios al terreno donde realmente desea.
Evidentemente el Pdte. Donald Trump no es un necio ni un demente, todas sus declaraciones están cargadas de una lógica e intencionalidad, la clave aquí es entender sus razones y pretende direccionar la situación de Venezuela, lo cual incluye su relación con los hermanos Rodríguez, sobre todo con Delcy a quien ha señalado en múltiples ocasiones que está haciendo “un muy buen trabajo.”.
Recordemos que los hermanos Rodríguez son longevas figuras del chavismo desde los propios tiempos de Hugo Chávez y que alcanzaron su cenit del poder en la podredumbre de la narcotiranía en la Era de Nicolás Maduro, por tanto, sobre ellos pesan no sólo su largo historial de crímenes de lesa humanidad, sino también de su participación en fraudes electorales como operaciones del crimen organizado trasnacional, pero nada de ello aquí resulta un problema para Donald Trup. El verdadero inconveniente radica en que la permanencia misma de los Rodríguez como toda la estructura del chavismo con todo lo que ello implica, todo constituye un poderoso obstáculo para la penetración del capital estadounidense en las áreas estratégicas venezolanas, sobre todo: petróleo, minería, energía y comunicaciones.
También, no podemos perder de vista el más reciente almuerzo de María Corina Machado en la Casa Blanca con el Presidente Donald Trump y que tuvo un final agrio, debido a que se le hizo saber a la Nobel de la Paz 2026 que outsite (fuera) del plan de Washington para Venezuela, pues, al parecer el siguiente paso de la administración Trump para Caracas no es la celebración de elecciones –que para éstas sean limpias y transparentes previo a ello deberá renovarse por completo y con funcionarios independientes todos los Rectores del Consejo Nacional Electoral (CNE) y los Magistrados del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ)- sino la implantación de una “tecnogracia”, en crudo, que Delcy Rodríguez le entregue la presidencia a un prominente empresario, que según se rumora posiblemente sea Lorenzo Mendoza u otro más afín a la Casa Blanca y que genera la confianza necesaria para que las trasnacionales estadounidenses puedan desembarcar.
Cabe señalar que hoy ya existe el debate en los venezolanos, quienes masivamente han asumido este planteamiento como una “gran noticia”, los venezolanos de a pie se preguntan ¿qué comemos con la República, qué ha hecho la “independencia” por nosotros?, su repuesta rápida y desde una perspectiva material es que esas son palabras huecas, por lo que ya sueñan con tener la ciudadanía estadounidense y el pasaporte azul, lo que equivale en convertirnos en una suerte de Puerto Rico 2.0, sólo que diferencia del caso isleño, una eventual incorporación de Venezuela como Estado 51 se traducirá en toda una reconfiguración del mapa político estadounidense con su impacto en la distribución de escaños y correlación de fuerzas, con profundas consecuencias.
Para cerrar, debo señalar que en lo personal, dudo que Trump ahora mismo apunte en esa dirección un proyecto de semejante magnitud requiere que el mandatario tenga aseguradas amplias mayorías en ambas Cámaras, sin embargo, lo que sí ha logrado es que Delcy Rodríguez caiga en su trampa y rompa con Washington, lo que permitirá su desplazamiento y avanzar en su plan: la colocación de un tecnócrata en el Palacio de Miraflores de modo brindar la seguridad y estabilidad necesaria a las empresas estadounidenses de invertir y hacer negocios en las áreas estratégicas del país petrolero.




