Celebro con júbilo que cada vez más cristianos militantes participamos activamente del debate público y en el ordenamiento político de la sociedad. Nuestras voces son imprescindibles y podemos aportar muchísimo a la esfera pública, especialmente porque la ética cristiana es el fundamento del modo de vida occidental. Occidente es cristiano y esa es una verdad histórica-filosófica esencial e innegable.
Sin embargo, no es conveniente confundir las esferas de actuación y convertir una guerra política por las instituciones sociales, por el mando y la compulsión[1], en un ámbito de proselitismo religioso donde primen el sectarismo, el puritanismo y el integrismo religiosos ¿Por qué? ¿Por qué no es apropiado a los cristianos evangelizar, introducir y blandir sus conceptos religiosos y doctrinales en una guerra política? Existen muchas buenas razones, creo yo, para no mezclar irreflexivamente doctrinas religiosas y conceptos espirituales en la batalla cultural y la guerra política. Una de ellas es que el mismo Jesucristo, el autor de nuestra fe, declaró “mi reino no es de este mundo”[2] separando así, definitivamente, el ámbito espiritual del ámbito secular, poniendo al primero, lejos de las inmundicias del segundo. Muchas personas piensan, genuinamente que, “introduciendo la religión a la política lograremos purificarla”, sin percatarse que sucede exactamente lo contrario: contaminan el ámbito sagrado de la fe con la suciedad de la política. Además sospecho que otras razones son igualmente válidas para no contaminar la religión con la política, y que “dar al Cesar lo que es de Cesar”[3] significa, también, tratar a la política con herramientas propias del mundo político, a riesgo de que si no lo hiciéramos estaríamos tirando las hermosas perlas de nuestra santa doctrina a un inmundo chiquero de cerdos ¿Acaso no aconsejó el Maestro no arrojar nuestras perlas a los cerdos?[4] Creo que como cristianos deberíamos ser prudentes al respecto y dar oído a ese consejo inspirado.
Sin embargo, una de las razones primordiales para no mezclar política y religión es que, siendo la política el arte de la dominación del hombre por el hombre[5], lo inunda todo con una lógica que no respeta el libre albedrio del hombre convirtiéndolo en un vulgar objeto e instrumento de sus objetivos seculares. El ámbito de la compulsión política tiende a destruir la libertad de consciencia porque la búsqueda por el poder prima donde el fin justifica los medios[6], y porque a menudo, en este, las personas terminan siendo solo medios vulgares usados coactivamente para lograr fines de terceros ¿No fue suficiente evidencia ver como el mismísimo Cristo fue utilizado como vil moneda de cambio entre facciones políticas romanas y judías para que comprendamos, finalmente, que no hay enmienda posible para la política y que tenemos que conformarnos, en un mundo caído, con lo posible y desistir de lo ideal? ¿Acaso la democracia no eligió a Barrabás? ¿Entonces por qué persistimos en la necedad de seguir llevando a Cristo a la política? Recordemos que Satanás, mostrándole “todos los reinos del mundo y la gloria de ellos”[7] al Señor, en el desierto le tentó diciendo: “todo esto te daré. Entonces Jesús le dijo: Vete, Satanás”[8]. ¿Si Cristo ya rechazó entrar a la política _ todos los reinos del mundo y su gloria_ por qué insistimos en seguir llevándole a ella?
No le estoy pidiendo a nadie que se despoje de sus creencias personales y convicciones íntimas para hacer política o batalla cultural. Necesitamos que nuestras motivaciones cristianas más profundas nos movilicen y constituyan el combustible de nuestras iniciativas por mejorar el orden público y la sociedad. Sin embargo, al buscar mejorar la esfera pública debemos tener presente la compleja pluralidad de las sociedades modernas y que no todas las personas, que son parte de ella, participan de nuestras creencias más íntimas. Además no estaría de más recordar que, a menudo, buscando hacer “el bien mayor” podemos terminar ocasionando el mayor mal y que no suele ser infrecuente que se cumpla la aciaga regla de Popper: los que intentan lograr el paraíso terrenal solo causan el infierno para su prójimo[9].
Al meternos en la guerra política y en la batalla cultural los cristianos debemos ser prudentes y considerar lo que bien enseñó Max Weber, el padre de la sociología moderna, respecto de los cristianos originales:
“También los cristianos primitivos sabían muy exactamente que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando”.[10]
Los cristianos tenemos la responsabilidad de levantar nuestra voz y de ser la sal de la tierra y la luz de mundo[11], pero nada de eso significa que debamos analizar categorías políticas usando las sagradas escrituras o nuestras doctrinas, utilizar las leyes para imponer nuestros puntos de vista doctrinales ni comenzar una guerra campal por ver cual facción religiosa domina a las demás. Todo eso ya sucedió, ¿no? Y el resultado fue terrible ¿Estamos dispuestos a aprender de la historia?
A medida que cada uno de nosotros entendamos que la batalla es cultural y la guerra es política estaremos más capacitados para hacer todo el bien posible en un mundo caído, llegando a comprender que, en definitiva, la única guerra espiritual que existe está adentro de cada uno de nosotros, y no afuera en la arena política. Es una batalla invisible[12] y muy íntima, y llevarla afuera de nosotros _ a la política_ es errar en la estratégica elección del campo de operaciones[13], lo cual significa perder la cruzada por nuestras almas. Ningún cristiano querría eso.
[1] Eso es esencialmente la política: la búsqueda, la administración, la división y el mantenimiento del poder, del mando y la compulsión.
[2] Juan 18:36 –Nuevo Testamento-La Santa Biblia.
[3] Marco 12:17 – Nuevo Testamento-La Santa Biblia.
[4] Mateo 7:6 – Nuevo Testamento-La Santa Biblia.
[5] Concepto del padre de la sociología moderna, Max Weber, en su célebre ensayo “El político y el científico”.
[6] Frase atribuida a Maquiavelo. En todo caso es la frase más emblemática de la política.
[7] Mateo 4:8 – Nuevo Testamento-La Santa Biblia.
[8] Mateo 4:9-10 – Nuevo Testamento- La Santa Biblia.
[9] Karl Popper- La sociedad abierta y sus enemigos.
[10] Max Weber- El político y el científico.
[11] Mateo 5:13-14 – Nuevo Testamento- La Santa Biblia.
[12] Término usado por el teólogo argentino Gabriel Ballerini en su último libro “La batalla invisible”.
[13] Sun Tzu en “El arte de la guerra” declara que es la elección estratégica más importante de una guerra, después del “cuándo”, es el “dónde”: es la elección del terreno de la batalla.




