Olimpia entró a La Huerta creyendo que los partidos se ganan por la tabla y no por jugar al fútbol. Y pagó caro esa soberbia. El 3-2 ante Libertad fue una derrota que retrata todos los vicios de este equipo: displicencia, errores repetidos, desconcentración y una alarmante falta de carácter.
En el primer tiempo del Decano fue una vergüenza total. No generó una sola jugada de peligro y jugó como si ya hubiera ganado antes del pitazo inicial. Libertad lo devoró sin despeinarse.
El primer golpe llegó cerca de la media hora, cuando una pérdida infantil de Adrián Alcaraz en salida terminó en los pies de Federico Carrizo, que sacó un derechazo demoledor al ángulo para el 1-0. Era justicia pura. Olimpia estaba en un cumpleaños. Y antes del descanso, otro papelón defensivo amplió la tragedia: un saque largo de Morínigo, una cadena de errores grotescos de Bentaberry y Olveira, y Alexis Fretes anticipó de cabeza para el 2-0. Dos goles nacidos de errores de escuela. Dos cachetazos a un equipo dormido.
Pero lo peor vino apenas arrancó el complemento. Cuando se esperaba una reacción, Libertad encontró el tercero: Carrizo metió un centro preciso, Lucas Sanabria la bajó de pecho y Gustavo Aguilar fusiló para el 3-0. Partido liquidado. Olimpia era un cadáver futbolístico.
Recién con la humillación encima aparecieron ganas de jugar de Olimpia. Y eso agrava todo. Gustavo Vargas descontó empujando una gran acción iniciada por Delmás y armada por Benítez. Cinco minutos después, Mateo Gamarra metió un cabezazo furioso para el 3-2. Dos goles que encendieron una ilusión tardía.
Pero quedó ahí. El cierre fue un mar de desesperación, centros sin sentido y nervios. Libertad ya casi no jugaba, resistía. Olimpia atacaba sin ideas.
Y esa es la condena de este equipo: reacciona cuando ya está herido. Se duerme en los laureles, no corrige sus eternos errores y vuelve a demostrar que, cuando debe mostrar personalidad, es un equipo sin carácter. Un puntero que juega como distraído no huele a campeón: huele a derrumbe.




