Hay una vieja costumbre en política: cuando la realidad no acompaña, en lugar de cambiar la estrategia, algunos prefieren cambiar la realidad. Es mucho más cómodo. Y, sobre todo, evita ese incómodo momento en que uno debe preguntarse si el problema no está en el electorado, sino en uno mismo.
Quienes tienen intereses políticos suelen mirar al ciudadano como si fuera una pieza de ajedrez. Necesitan polarizarlo porque la polarización simplifica el negocio: ellos son los malos, nosotros los buenos. Ellos son cartistas, nosotros anticartistas. Ellos son esto, nosotros somos aquello.
El problema no es que existan intereses políticos. El problema aparece cuando quienes no viven de la política compran ese libreto sin siquiera revisar la letra pequeña. Porque es en esa letra pequeña donde habita una verdad bastante elemental que algunos parecen descubrir recién después de una elección: que el adversario sea malo —o que uno considere que lo es— no convierte automáticamente en buenos a quienes se le oponen. Incluso podría ocurrir algo todavía más incómodo: que el electorado haya decidido que los segundos son peores.
Y ahí comienza el repertorio.
Cuando las urnas no dicen lo que algunos esperaban, aparecen las canciones de siempre, esas que ya tienen más reproducciones que Despacito: “fraude”, “tocaron las máquinas de votación”, “la gente se vende por un 100 mil”, “compraron a nuestros fiscales” y, por supuesto, el infaltable clásico de temporada: “¡abran el sobre 4!”.
Es curioso, estimado lector, que, durante la campaña, el ciudadano es presentado como la voz soberana del pueblo pero, después de la elección, si no vota por ellos, el elector se convierte, misteriosamente, en un ser manipulado, comprado, ignorante o incapaz de entender lo que realmente le conviene.
Qué extraordinaria puede ser la democracia: el pueblo es sabio mientras vota como nosotros queremos y, cuando no lo hace, hay que explicarle que en realidad no sabe votar.
Ese desprecio por el elector también aparece en otros escenarios. Basta observar determinados discursos políticos: dirigentes que llegan a decirle a la gente qué debe pensar, qué necesita y qué le conviene. El mensaje, aunque no lo digan exactamente con esas palabras, es bastante sencillo: “Usted no entiende su propia realidad; yo sí. Escúcheme a mí.”
Después se sorprenden cuando los reciben mal o los corren a patadas, porque desde su pedestal iluminado no se alcanza a percibir una «pequeña dificultad» de esa estrategia: nadie disfruta demasiado que un extraño llegue a su casa, a su sindicato o a su lugar de trabajo para explicarle que es un idiota y que, por suerte, llegó alguien a pensar por él.
La política tiene una regla que algunos deberían tatuarse antes de volver a hablarle al electorado: la gente puede equivocarse, pero también puede estar perfectamente consciente de por qué vota como vota.
¿Es el Partido Colorado lo que Paraguay necesita? ¿Es Camilo lo que Asunción necesita? No lo sé, será la historia —y, mucho antes, los propios ciudadanos— la que se encargue de juzgarlo. Lo que sí parece mucho más fácil de observar es que esta oposición no está ofreciendo una alternativa capaz de convencer a una mayoría simplemente diciéndole que la mayoría está equivocada. Ese es el problema de fondo.
Paraguay no necesita una oposición enamorada de sus propias consignas. No necesita dirigentes que conviertan cada derrota en una conspiración ni cada resultado adverso en una ofensa contra la inteligencia colectiva. Necesita una oposición que estudie la realidad, la comprenda y se anime a transformarla. Que tenga ideas, que tenga propuestas, que pueda decirle al ciudadano qué hará, cómo lo hará y por qué debería confiar en que puede hacerlo.
Aunque, también, pelearse con la realidad tiene una enorme ventaja: permite conservar intactas las propias certezas. El inconveniente es que la realidad suele bastante maleducada… no le gusta negociar.




