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Home Analisis

La grotesca puerilidad en política y el caso de Hugo Javier.

by Héctor Acuña
13 de septiembre de 2026
in Analisis
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Hugo Javier confesó que le devolvió plata al expresidente Horacio Cartes
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Por su misma naturaleza la actividad política es peligrosa. Lo que sucede es que las esquivas definiciones de la política del siglo pasado y la tendencia progresista a ignorar la existencia del mal en el mundo, deliberadamente, han generado una ignorancia muy peculiar sobre naturaleza de esta actividad humana. Dicho de otra forma, declamar irresponsablemente que “la política es servicio público” o que es “el arte de realizar consensos sociales” solo evade el verdadero problema político y puede ponernos en terreno peligroso. Insisto, este tipo de elucubraciones teóricas suelen encubrir, bajo el manto de lo poético o la alfombra de las buenas intenciones, la verdadera naturaleza predatoria de la política.

Esencialmente, la política puede definirse como la aplicación de la violencia sistemática o la amenaza de la violencia para ordenar la sociedad. Todos los teóricos políticos, desde Maquiavelo a Hobbes, pasando por Locke, hasta el mismo Marx o el positivista Max Weber; inclusive el paraguayo Eligio Ayala, todos, sabían que la política es la aplicación de la violencia, el mando, dominio, compulsión, coacción o coerción, con fines de organización social. A ninguno de estos próceres del pensamiento humano se le ocurrió siquiera expresar la supina estupidez que la política es logar acuerdos y establecer consensos. El padre de la sociología moderna, el pensador alemán Max Weber, decía que “la política es la dominación del hombre por el hombre” y que “el Estado es un grupo de personas que detentan el monopolio de la violencia física, considerada legítima, dentro de determinado territorio”; por ello, todo el que quiera utilizar el Estado, con fines de organización social, desea, lógicamente, valerse monopólicamente de la violencia física, considerada “legítima”.

Todo lo anterior nos lleva a una conclusión estremecedora: quien quiera hacer política debe entender que se encuentra frente a un dilema ético insalvable, desea hacer el “bien” utilizando medios violentos. Naturalmente, se puede discutir qué es y qué no es “el bien”, y es casi seguro que haya tantas concepciones de bien como personas, sin embargo, más allá de las buenas intenciones, es indiscutible que el medio utilizado en la actividad política _la violencia_ es reprochable moralmente. Existen muchas personas que ingresan a la actividad política sabiendo que buscan el poder, y que desean el poder del Estado para realizar su propia concepción de bien, inclusive, para mejorar su propia condición económica. Sin embargo, existe otro grupo de personas que se convocan a la política habiendo sido por décadas consumidores irreflexivos de ideas falsas, con respecto a la naturaleza violenta de esta actividad humana. Estos incautos, cándidas palomas, creen que podrán hacer “el bien” usando una herramienta supuestamente neutral y pacífica que es el Estado y que, por lo tanto, todo estará bien, nada saldrá mal: es cuestión de aplicar la buena voluntad. El cuadro es pintoresco y desilusionante porque no hay nada más grotesco que un adulto humano creyendo en cuentos de hadas, y creer que la política es una actividad pacífica, atravesada por el desinterés personal y orientada hacia al bien común, es un atractivo cuento de hadas. Las sociedades donde más política hay son las más violentas y el asunto fundamental _ para el liberalismo clásico al menos_ estriba en la cantidad apenas necesaria de política para ordenar los asuntos humanos en una comunidad, o, en otras palabras, reconocer la empírica verdad de que en la dosis está el veneno. Por ejemplo, la Unión Soviética, la China maoísta o la Alemana Nazi, sociedades donde toda interacción humana estaba politizada fueron sociedades consumidas por la violencia o, en el decir del ocurrente filósofo español Antonio Escohotado, son “cuentos de hadas con ciento cincuenta millones de muertos”. Sin embargo, lastimosamente muchas personas, orientadas por ideas falsas, se creen el cuento y caen en las redes de la violencia de la política y esta los devora, los engulle y los destruye. Este es el caso de Hugo Javier, cándido y carismático comunicador y animador de fiestas, una exitosa figura de la televisión quien fuera timado con el cuento más antiguo de todos: de que se puede hacer el bien usando el instrumento del mal.

En ese sentido me parece oportuno recurrir a lo expresado por el mencionado Weber, cuando describe la actividad política y la puerilidad de algunos que acceden a ella con infantiles sueños de redención personal o social:

“Los cristianos primitivos sabían muy exactamente que el mundo está regido por los demonios y que quien se mete en política, es decir, quien accede a utilizar como medios el poder y la violencia, ha sellado un pacto con el diablo, de tal modo que ya no es cierto que en su actividad lo bueno sólo produzca el bien y lo malo el mal, sino que frecuentemente sucede lo contrario. Quien no ve esto es un niño, políticamente hablando”.

Weber tenía razón. Hugo Javier un hombre adulto, carismático y exitoso era un niño políticamente hablando. Todos deberíamos reflexionar sobre este asunto.

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  • Héctor Acuña
    Héctor Acuña

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