Ayer, el mundo concurrió involuntariamente a una situación aberrante cuando el juez William Sullivan se vio obligado a declarar nulo el juicio contra Lindsay Clancy. El jurado (nueve mujeres y tres hombres) deliberó cerca de 40 horas a lo largo de siete días y no alcanzó unanimidad sobre si la enfermera de 36 años debía responder penalmente por haber estrangulado a sus tres hijos: Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de 8 meses. No hay veredicto. Las acusaciones de asesinato en primer grado siguen ahí y la fiscalía de Plymouth decidirá si vuelve a juzgar a la filicida que permanece internada.
Eso es el dato jurídico. Lo que está ocurriendo fuera de la sala es otra cosa, es un ensayo cultural sobre si la biología femenina puede borrar la agencia moral en el peor de los crímenes.
Clancy no niega haber usado bandas de ejercicio para asfixiar a sus hijos el 24 de enero de 2023, después de enviar a su entonces esposo a hacer mandados. La defensa sostiene que padecía psicosis posparto y que, por tanto, no era penalmente responsable. La acusación sostiene que planificó, que buscó la forma de alejar al padre y que sus propios médicos tratantes no la vieron psicótica.
El jurado se partió. Un solo miembro, uno de los tres hombres, impidió el consenso necesario para que Clancy se retirara de ese juzgado como una mujer libre.
Charles Manson, por ejemplo, no mató a nadie con sus propias manos, fue declarado legalmente cuerdo y solo bastaron poco más de 9 horas para que un jurado de 12 hombres lo condenara a muerte.
Lindsay Clancy admitió haber estrangulado a sus hijos. El testimonio de los médicos que la trataron no coincidió en que fuera o estuviera psicótica. El jurado tardó días y se trabó. La pregunta que queda no es solo jurídica, es social: ¿la sociedad está dispuesta a tratar el asesinato de niños como un accidente hormonal cuando lo comete una madre?
Un veredicto de “no penalmente responsable” (o siquiera la normalización cultural de esa tesis) no decide solo el destino de la acusada. Fija dónde trazará la sociedad, a partir de hoy, la línea entre enfermedad y voluntad.
Créanme, esa línea importa.
Durante generaciones, las mujeres combatieron el argumento de que su biología las hacía menos racionales, menos confiables, menos aptas para la responsabilidad extrema. Hoy comandan tropas, portan armas, juzgan, pilotan, operan y hasta dirigen países. No se puede sostener al mismo tiempo que son plenamente competentes para todo eso y que, si cometen un acto atroz, es porque las hormonas anularon su capacidad de decidir. No se puede exigir autoridad igual y rechazar responsabilidad igual con una excusa específica del sexo para la peor, la más atroz e inhumana conducta posible.
Las instituciones lo notarán, las compañías aseguradoras lo notarán, quienes contraten a partir de hoy lo notarán y otras madres lo notarán. No hará falta un ápice de misoginia para que un empleador evite el riesgo de poner a alguien a cargo de vidas ajenas si la justicia sugiere que un subconjunto de la biología femenina les puede cancelar el juicio. Policía, ejército, judicatura, aviación, medicina de emergencia, presidencia, custodia exclusiva, cuidado infantil: esos roles se vuelven difíciles de defender si el mensaje es que el sistema legal admite que “se le fue la mente” por el posparto hasta el homicidio de los propios hijos.
Aun así, el mayor peligro no es lo que esa contradicción pueda costarles a las mujeres adultas, es lo que puede costarles a los niños.
Ya hay imitadoras, mujeres que observan el caso como una posible vía de escape de una maternidad que detestan. Futuras acusadas lo explotarán y habrá abogados defensores que lo alcanzarán. Los sistemas de justicia recibirán la presión adicional de llamar “compasión” y de no mirar los cuerpos pequeños. La compasión no puede exigirme que mire hacia otro lado cuando las fotos de Cora, Dawson y Callan sean puestas frente a mí. Tampoco podré hacerlo con la imagen de Patrick, el padre que volvió a casa y los encontró.
Si se sostiene que la enfermedad posparto es lo bastante poderosa para excusar el asesinato de tres niños, no puede tratarse al mismo tiempo como irrelevante para el poder, las armas, el voto o el cuidado de los hijos de otras personas. O la condición es tan grave, o no lo es. Hay que elegir una, y pronto.
Lo que está pasando alrededor de este caso no avanza derechos. Retrocede tanto que nos pone de frente y nos hace valorar el argumento más antiguo contra las mujeres: que no controlan sus emociones ni toman decisiones razonables bajo estrés. Quienes se pusieron la camiseta rosa para solidarizarse con una mujer que asesinó a sus bebés a sangre fría creyendo herir al “patriarcado”, en realidad ofrecieron, gratis, la prueba que ese “patriarcado” siempre pidió.




