Durante años, buena parte de la comunidad internacional ha interpretado el conflicto entre China y Taiwán como un diferendo exclusivamente bilateral. Bajo esa lectura, una eventual anexión de la isla sería el punto final de una disputa histórica derivada de la guerra civil china. Sin embargo, los acontecimientos recientes en el sudeste asiático sugieren que esa visión resulta, cuanto menos, incompleta y las señales de alerta están ahí.
Un simposio organizado por la Universidad de Jinan, en Cantón, reabrió un debate sobre la soberanía del archipiélago filipino de Batanes, sosteniendo que estas islas formarían parte de Taiwán y que, en consecuencia, estarían comprendidas dentro de la soberanía china. Aunque Pekín no ha adoptado oficialmente esa postura, el episodio demuestra cómo determinados planteamientos académicos pueden convertirse en la antesala de futuras reivindicaciones territoriales.
No sería la primera vez que una potencia construye una narrativa histórica antes de transformarla en una política de Estado.
El argumento presentado por algunos académicos chinos parte de una premisa sencilla: si Taiwán pertenece a China, también deberían pertenecerle aquellos territorios que, según su interpretación histórica, estuvieron vinculados administrativamente a la isla durante las dinastías Ming y Qing.
Uno de los participantes del simposio, Ju Hailong, decano de la Escuela de Estudios Internacionales de la Universidad de Jinan, afirmó que «las islas no solo están más cerca de Taiwán en distancia, sino que constituyen una extensión geográfica natural de Taiwán».
La respuesta filipina fue inmediata.
La Comisión Nacional Histórica de Filipinas rechazó categóricamente esa interpretación, señalando que «Japón no puede entregar a China lo que claramente pertenece a Filipinas», además de sostener que las afirmaciones carecen de «ninguna base racional en investigaciones sustantivas y operan desde una evidente mala fe».
Diversos analistas filipinos consideran que este tipo de planteamientos constituyen un mecanismo para preparar el terreno político y psicológico antes de eventuales reclamaciones oficiales.
El profesor Renato de Castro, de la Universidad De La Salle de Manila, advirtió que «esto probablemente es un preludio a una posible ofensiva en términos de guerra psicológica».
En la misma línea, el contraalmirante retirado Roy Vincent Trinidad describió la estrategia como un «corte de salami en el ámbito de la información», una expresión utilizada para explicar cómo pequeñas acciones, aparentemente inocuas, pueden terminar modificando progresivamente la percepción pública hasta convertir una hipótesis marginal en una posición políticamente aceptable.
También, el secretario de Defensa filipino, Gilberto Teodoro, calificó las afirmaciones formuladas durante el simposio como una «declaración cuasi-estatal», mientras que el excongresista Robert Ace Barbers las definió como «otra parte del acoso» y una forma de «invasión sigilosa».
El contexto geográfico explica buena parte de la inquietud y de las apetencias chinas, Batanes ocupa una posición estratégica excepcional. El archipiélago se encuentra próximo al estrecho de Luzón, uno de los corredores marítimos más importantes entre el Mar de China Meridional y el océano Pacífico. Su isla más septentrional, Mavulis, está situada apenas a 142 kilómetros de Taiwán, razón por la cual Filipinas ha reforzado significativamente su presencia militar en la zona mediante nuevas instalaciones navales y ejercicios conjuntos con Estados Unidos.
Como explicó el historiador Ricardo José, especialista en la Segunda Guerra Mundial, Batanes ha sido históricamente un enclave de enorme importancia estratégica para cualquier escenario militar relacionado con Taiwán.
Todo ello conduce a una conclusión que muchos gobiernos asiáticos parecen haber comprendido con claridad: el debate sobre Taiwán ya no gira exclusivamente alrededor de los 23 millones de habitantes de la isla, está íntimamente vinculado al equilibrio estratégico del Indo-Pacífico.
Si la comunidad internacional acepta que la fuerza puede modificar fronteras y alterar el statu quo en el estrecho de Taiwán, difícilmente podrá impedir que argumentos históricos similares sean utilizados posteriormente para cuestionar otros territorios vecinos y la historia ofrece abundantes ejemplos.
Las grandes potencias rara vez detienen sus reivindicaciones territoriales una vez alcanzado su primer objetivo estratégico. Por el contrario, cuando una reclamación obtiene resultados favorables, suele fortalecer nuevos discursos destinados a justificar aspiraciones adicionales.
Precisamente por eso, la defensa de la autonomía de Taiwán trasciende el caso particular de la isla. Representa la defensa de un principio fundamental del derecho internacional: las fronteras no pueden redefinirse mediante la presión militar, la reinterpretación unilateral de la historia o la construcción gradual de narrativas destinadas a legitimar futuras expansiones territoriales.
Lo ocurrido con Batanes constituye un recordatorio oportuno de que si bien hoy la discusión gira en torno a un pequeño archipiélago filipino, ayer fue el Mar de China Meridional y desde hace décadas es Taiwán.
Pensar que las apetencias geopolíticas de Pekín concluirían automáticamente con la incorporación de la isla resulta, a la luz de los acontecimientos, una hipótesis difícil de sostener.
La estabilidad del Indo-Pacífico dependerá, en buena medida, de que la comunidad internacional comprenda que defender la autonomía de Taiwán no implica únicamente proteger a una democracia de 23 millones de habitantes.
Implica preservar un orden internacional basado en reglas y evitar que el precedente de una anexión abra la puerta a nuevas reclamaciones territoriales en una de las regiones más estratégicas del planeta.




