El Decano volvió a exhibir una actuación alarmante y cayó 2-0 ante Nacional en el estadio Arsenio Erico, confirmando que los errores del domingo no fueron un accidente, sino una preocupante identidad futbolística que parece instalada en el plantel.
Nacional fue práctico, inteligente y castigó cada una de las debilidades de un rival que hoy transmite apatía, inseguridad y una preocupante falta de carácter.
La Academia hizo exactamente lo que Libertad había mostrado unos días antes. Esperó con paciencia, atacó cuando el partido lo permitió, golpeó en el momento justo con el tanto de Josué Colmán y terminó de liquidarlo en el complemento mediante Roque Santa Cruz. No necesitó monopolizar el balón ni desplegar un fútbol brillante. Simplemente entendió que enfrente tenía un equipo dispuesto a cometer los mismos errores una y otra vez.
Lo verdaderamente preocupante pasa por Olimpia. No cambió absolutamente nada. El miedo irracional a rematar al arco continúa siendo una enfermedad que paraliza al equipo. Cada ataque termina en un pase innecesario, un centro sin destino o una decisión equivocada. Los delanteros son espectadores de lujo dentro del campo; ninguno ofrece movilidad, desequilibrio, presión o soluciones tácticas. La sensación es que el equipo juega sin referencia ofensiva y sin un solo futbolista dispuesto a asumir responsabilidades.
Los laterales volvieron a ser lentos, previsibles e imprecisos. El mediocampo fue una sombra durante casi todo el encuentro, incapaz de recuperar, generar juego o acompañar los ataques. Lo más grave, sin embargo, fue la actitud. Olimpia jugó con una displicencia difícil de justificar para un campeón. No hubo rebeldía cuando quedó abajo en el marcador, tampoco intensidad ni amor propio para cambiar el rumbo.
Dos partidos, dos derrotas, ningún gol convertido y una imagen cada vez más deteriorada. Pablo «Vitamina» Sánchez reconoció el inesperado mal comienzo, pero las explicaciones ya empiezan a agotarse. Olimpia no solo perdió seis puntos: perdió personalidad, confianza y, lo que resulta más preocupante, la capacidad de transmitir que puede reaccionar. Hoy, el Decano no intimida a nadie; por el contrario, se ha convertido en un rival al que todos saben exactamente cómo lastimar.




