Hay políticos que, al abandonar una banca, intentan reinventarse. Algunos escriben libros. Otros dan conferencias. Kattya González parece haber optado por una fórmula diferente: seguir siendo candidata permanente, aunque ahora desde un micrófono.
La entrevista realizada al ministro de Educación, Luis Ramírez, en Megacadena dejó una sensación curiosa. El tema central era la detección de 250 títulos falsos dentro del sistema educativo. Un asunto grave, con investigaciones administrativas, expedientes, validaciones universitarias y futuros procesos judiciales. Pero nada de eso parecía ser lo verdaderamente importante.
Lo importante era que la realidad se adaptara a la narrativa.
Mientras Ramírez explicaba una y otra vez que existen procedimientos legales, competencias institucionales y una separación de poderes que impide al MEC actuar como fiscal, juez y verdugo al mismo tiempo, González insistía en reclamar acciones que solo podrían ejecutarse ignorando precisamente esos límites que establece la ley.
La escena se volvió repetitiva. El ministro explicaba. Kattya interrumpía. El ministro aclaraba. Kattya reinterpretaba. El ministro volvía a explicar. Kattya regresaba exactamente al mismo punto de partida.
En algún momento la entrevista dejó de parecer una conversación periodística y empezó a recordar a un docente intentando que un alumno acepte que dos más dos siguen siendo cuatro, aunque no le guste el resultado.
Lo llamativo es que el caso de los títulos falsos debería ser una noticia positiva para cualquiera que reclame transparencia. Una investigación detectó cientos de documentos fraudulentos, verificó irregularidades con las universidades y remitirá los antecedentes a la Justicia. Sin embargo, incluso frente a una acción concreta del Estado, la prioridad parecía seguir siendo encontrar un ángulo para la confrontación.
Tampoco ayudó la insistencia en elevar opiniones jurídicas particulares por encima de los mecanismos institucionales. En la lógica expuesta durante la entrevista, parecería que un dictamen debería tener más peso que las competencias establecidas por ley, los procesos administrativos y las resoluciones judiciales.
Mientras tanto, Mario Ferreiro parecía asumir el ingrato papel de moderador entre la realidad administrativa y la indignación permanente. Una vez finalizada la conversación con el ministro, y cuando González continuaba desarrollando sus objeciones pese a que el entrevistado ya no se encontraba en línea para responder, Ferreiro intentó cerrar el capítulo con una frase que sonó más a rendición que a contrapunto: «Sí, sí, así como vos digas». Una expresión que bien pudo interpretarse como el reconocimiento de que seguir discutiendo era improductivo, era sentarse y esperar que la realidad tuviera la cortesía de ajustarse a la opinión de la exsenadora.
La paradoja final es evidente. Durante años, Kattya González construyó su discurso alrededor de la defensa de las instituciones. Sin embargo, cuando las instituciones funcionan de una manera distinta a la que ella considera conveniente, la impaciencia parece reemplazar rápidamente al institucionalismo.
Quizás ese sea el verdadero problema. No que el ministro no haya respondido. Respondió varias veces. El problema es que algunas personas ya no hacen preguntas para obtener respuestas. Hacen preguntas para escuchar el eco de sus propias certezas.
Y cuando la realidad no coopera, siempre queda la opción de discutir con ella.




