En una demostración de sincronización geopolítica digna de estudio, el primer ministro británico Keir Starmer anunció con gran solemnidad una “audaz misión multinacional” destinada a reabrir el Estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más sensibles del comercio global.
El único detalle menor, casi anecdótico, es que, según los últimos reportes que circularon al mismo tiempo del anuncio, tanto Irán como el presidente estadounidense Donald Trump ya habrían informado que el estrecho se encuentra completamente abierto y operativo.
Es decir, mientras los buques comerciales parecen haber retomado su navegación con una agilidad que envidiaría cualquier comité diplomático, la maquinaria política internacional apenas estaba calentando motores para “evaluar opciones”, “coordinar aliados” y, por supuesto, convocar reuniones preparatorias.
La iniciativa de Starmer, presentada con tono firme y visión estratégica, llega así en un momento particularmente desafortunado: justo después de que el problema, al parecer, dejó de existir.
Aun así, en los pasillos diplomáticos nadie descarta el valor simbólico del anuncio. Siempre es importante demostrar liderazgo, incluso cuando el estrecho ya está abierto, el tráfico marítimo fluye y el principal desafío parece ser encontrar una agenda común para la próxima reunión.




