Cerro Porteño consiguió un triunfo vital al vencer 1-0 a Junior de Barranquilla por la Copa Libertadores, en un partido donde, más allá del resultado, dejó una señal clara: la actitud fue otra.
El primer tiempo fue intenso, parejo y con situaciones de sobra en ambas áreas. Los dos equipos jugaron con decisión, generando ocasiones claras que le dieron ritmo al encuentro. Sin embargo, el que estuvo más cerca de romper el cero fue el conjunto colombiano, que exigió en varias oportunidades. Ahí apareció la figura de Arias, firme bajo los tres palos, con intervenciones determinantes que sostuvieron el arco azulgrana en cero y evitaron que el partido se torciera temprano.
Cerro también tuvo lo suyo, con llegadas punzantes, pero le faltaba claridad en la definición. Aun así, la sensación era que el partido estaba abierto para cualquiera.
El segundo tiempo fue prácticamente un calco: ida y vuelta constante, mediocampo de tránsito rápido y peligro en ambas áreas. Pero a diferencia de otros partidos recientes, esta vez Cerro fue efectivo. A los 57 minutos, llegó el gol que cambió la historia: una proyección ofensiva bien construida terminó en una asistencia precisa desde la banda para Jonathan Torres, que apareció en el área y definió con contundencia para el 1-0.
A partir de ahí, el trámite parecía inclinarse hacia un asedio del Junior. Y en parte fue así. El equipo colombiano adelantó líneas y buscó el empate con insistencia, pero con el correr de los minutos empezó a perder claridad. Se volvió impreciso, errático en el mediocampo y sin ideas en los últimos metros.
Cerro, en cambio, mostró una madurez que no venía teniendo. Supo sufrir, sí, pero también controlar los tiempos del partido, sin desesperarse ni desordenarse. Defendió con criterio y sostuvo una victoria que vale más que tres puntos: es un impulso anímico fuerte de cara al clásico.
Esta vez, el Ciclón no brilló, pero compitió como debía. Y en la Copa, muchas veces, eso alcanza.




