Ayer, en estadio Erico Galeano de Capiatá, Olimpia no solo le ganó 2-0 a Guaraní; lo aplastó desde la intención, desde el juego y, sobre todo, desde la actitud.
El franjeado fue un dominador absoluto de principio a fin, manejando los tiempos, ocupando los espacios y sometiendo a un rival que jamás supo cómo reaccionar. Porque lo de Guaraní ya no es solo bajo rendimiento: es directamente la imagen de un equipo vacío, una sombra que deambula por la cancha sin peso, sin ideas y sin carácter.
El conjunto decano mostró una versión más ambiciosa, algo que venía insinuando en partidos recientes. Una vez abierto el marcador, no retrocedió como en otras épocas; al contrario, fue por más, presionó alto y buscó ampliar la ventaja con decisión. Ese cambio de mentalidad es, sin dudas, uno de los puntos más altos del equipo.
Sin embargo, no todo es para aplaudir. Los delanteros de Olimpia siguen atrapados en una racha preocupante. A pesar de los goles anulados, que evidencian que llegan al área, la realidad es que se apuran demasiado al definir. Toman decisiones precipitadas, se nublan frente al arco y terminan desperdiciando oportunidades claras. Es un problema serio que, ante rivales de mayor jerarquía, puede costar caro.
En medio de ese contexto, apareció la figura de Delmás, con un golazo que rompió cualquier intento de resistencia. Más allá de la calidad de la definición, lo que destacó fue su actitud: decisión y convicción. Eso es lo que hoy representa Olimpia, o al menos lo que intenta construir: un equipo que no negocia la intensidad y que entiende que la camiseta exige protagonismo.
Del otro lado, lo de Guaraní es desolador. Es un equipo perdido en un desierto de desaciertos, sin brújula ni identidad. No hay circuitos de juego, no hay ideas, no hay rebeldía. Es una presencia casi fantasmagórica: están en la cancha, pero pasan desapercibidos. Así, sin reacción ni rumbo, su destino parece claro: el fracaso.




