El domingo 25 de octubre de 2026, Luís Ignacio «Lula» da Silva (del Partido de los Trabajadores) venció en el balotaje a su contrincante, Flavio Bolsonaro (del Partido Liberal). Los resultados preliminares indican un 51,7% de votos para Lula y un 48,3% para Flavio.
Por una parte, véase que ambos candidatos adoptaron como bandera electoral a su identificación plena y absoluta con el nombre de sus movimientos políticos. Lula es del «Partido de los Trabajadores» y Bolsonaro es del «Partido Liberal». Aquí vemos a una realidad histórica del dogma revolucionario que surgió en Inglaterra en 1688 – 1689, que se expandió por los EE. UU. de Norteamérica en 1776 y que alcanzó su máximo esplendor en la Revolución Francesa de 1789: los únicos «dos partidos» que son aceptados por las «claques» internacionales son el «Liberal» de los girondinos y el «Obrero» de los jacobinos. A todo lo demás se le aplica el mote de «fascismo», y hasta en el discurso político de ambas fuerzas contendientes, uno y otro eran acusados de ser herederos de Benito Mussolini, ese hombre italiano que se convirtió en el individuo más influyente de los últimos 100 años: ¡es que todo el mundo es «fascista», por lo visto!
Y yo que pensaba que el «fascismo» era solamente Mussolini y nadie más que Mussolini. En fin.
No debería ser necesario recordar al inteligente lector que las categorías de «izquierda versus derecha», en pleno año 2027, se encuentran, al menos en términos filosóficos y doctrinarios, por completo anticuadas y obsoletas. Ya nada significan, y nada significaban en tiempos de Mussolini también, cuando el mundo entero se encontró con la superación de esa absurda bipolaridad revolucionaria. Alguno que otro las revive con intención de polarizar a la sociedad y asustarla con cucos fantasmales que ya no aparecen, ni con mil ouijas de invocaciones; pero la realidad es una sola, y esta es, que el mundo está dividido en dos estamentos claramente visibles cuando uno se quita las lentes distorsionadoras de lo ideológico: están los «tecnoglobalistas» y sus rivales, los «patriotas».
Me veo forzado a definir conceptos, en esta época de indefinición y posverdades líquidas. Seré lo más breve posible.
«Patriota» es el que ama a su «Patria o Nación», y aquí, el Aquinate (Suma de Teología, II – II, cuestión 101) nos va a decir que la «Patria» es todo aquello que recibimos de nuestros padres y ancestros, así como de los consanguíneos y compatriotas; después de Dios, debemos veneración a la «Patria» y nos vinculamos a ella por la virtud de la piedad, por lo que es tarea de todo cristiano preservar y transmitir a las futuras generaciones aquello que es digno, bello y noble de nuestra nación.
Y el «tecnoglobalista», al ser «globalista», no se identifica, precisamente, con Patria alguna y en realidad, lo que busca es disolver a todas las nacionalidades (salvo, quizás, la suya propia, sí es que la tiene). Estos son los «tecnócratas» que buscan imponer su revolución transhumanista en el peor de los casos, o que desean apoderarse de los recursos de otras naciones para enriquecerse ellos mismos, en lo más vulgar y rústico de las ocasiones. Son los especuladores de las criptomonedas, los vendedores de aceite de serpiente de las I.A. y los data centers, que simplemente buscan la mano de obra y la energía barata de nuestros pueblos para llevarse ellos todos los beneficios y dejarnos las meras migajas, ¡sí es que de verdad nos dejan algo!
Habiendo dicho esto, volvamos a Lula y Bolsonaro.
El primero de ellos, Luís Ignacio da Silva, obrero metalúrgico y ex sindicalista, guste o no, está plenamente identificado con el pueblo brasileño más profundo, más pauperizado y empobrecido; su discurso es izquierdista clásico, sin duda, pero al mismo tiempo, las circunstancias y la habilidad política lo llevaron a «Lula» a posicionarse hacia un natural patriotismo brasileño, tímido aunque sustentado por una política internacional que así lo demuestra: porque Brasil es el principal adversario de los Estados Unidos de Norteamérica en la lucha por la hegemonía del continente americano.
Por la otra parte, Flavio, el hijo del expresidente Jair Bolsonaro, tenía una identificación absoluta y absurda con «otra» Patria distinta a la suya, a pesar de los discursos y de las banderas que portaba. A nadie podía engañar en lo que refiere a su alineamiento absoluto a los Estados Unidos de Norteamérica (principal adversario del Brasil en el predominio geopolítico en América) y al Estado de Israel. Y aquí está el principal meollo del asunto.
¿Qué tipo de «patriotismo» es aquel que se somete por entero a los dicterios de fuerzas foráneas, en detrimento de los intereses de los propios compatriotas?
Ambos, Lula y Flavio, se mantenían en discursos obsoletos, aburridos, cansinos y anticuados. Pero en los hechos visibles, el candidato del «Partido de los Trabajadores» muestra, en lo referente a la política internacional (la única que importa), una mayor coherencia en aquello que llamaríamos los «intereses nacionales» o el «patriotismo» del Brasil.
Salvo que alguien me quiera decir que el «patriotismo» es estar al servicio de los tecnoglobalistas «sin Patria ni Religión» (simpática frase entrecomillada que el doctor José Gaspar de Francia empleaba para insultar a sus enemigos y que siempre es divertido usarla) o que tienen por Patria y por Religión al gobierno de los EE. UU. y al Estado de Israel. ¡Alguien me tiene que explicar qué clase de «nacionalismo» es este, así puedo tirarme ya mismo de este barco, sin pedir permiso!
Para colmo que, por alguna extraña e inexplicable razón, formó parte del debate el hecho de que el «Partido de los Trabajadores» empezó a identificarse con Nuestra Señora de Aparecida, el equivalente a la Virgen de Caacupé en Paraguay, símbolo de las antiguas tradiciones hispano-portuguesas del Brasil; mientras que el «Partido Liberal» de Bolsonaro estaba poblado mayoritariamente por las sectas neo-protestantes de corte yanqui (fabricadas por Nelson Rockefeller y por Henry Kissinger para «des-catolizar a Hispanoamérica») y que creen más en el «pueblo de Israel» antes que en el «Rey de los Judíos» Jesucristo, el único Mesías y Dios.
Vista así la ecuación, es demasiado fácil comprender quién era el «patriota» y quién era el servil a los intereses «tecnoglobalistas».
¿Estoy diciendo que «Lula» es lo mejor de lo mejor y que su triunfo me pone feliz? No, para nada. Solamente creo que, en el triste trance al que nos tiene sometidos la «democracia liberal», era la opción «menos peor», no solo para el Paraguay, sino para la lucha contra el «tecnoglobalismo» que busca destruir a nuestras Patrias.
En este momento, con todo y sus defectos históricos, necesitamos que exista el Brasil con fuerza y determinación para ejercer una resistencia activa a las ambiciones insaciables de los explotadores cosmopolitas, «sin Patria ni Religión», del «tecnoglobalismo» expoliador.
Más allá de las categorías de izquierda versus derecha, que actualmente se encuentran por completo anticuadas y obsoletas, aproximándonos al año 2027, nos encontramos con una nueva reconfiguración de las fuerzas políticas internacionales. Y la República del Paraguay, por su historia y sus nobles tradiciones, siempre tiene que estar en el lado de aquellos que no se doblegan ni se arrodillan al vil metal de los «sin Patria ni Religión» o que tienen por Patria y por Religión a aquello que no es ni representa al verdadero «nacionalismo» paraguayo.
Por supuesto que siempre debemos ser cuidadosos con el Brasil, nuestro vecino, que cuando tenía una corona imperial, mucho daño hizo a toda Hispanoamérica porque su monarquía estaba más alineada a intereses liberales, cosmopolitas y «globalistas» de la época antes que al verdadero y sano «patriotismo» que exigía combatir a los revolucionarios del liberalismo en la región. Paraguay debe maniobrar con cautela y moderación, pero, por otra parte, podemos aprovechar el hecho de que Brasil, con Lula, podría actuar como «contrapeso» a los explotadores cosmopolitas del tecnoglobalismo, y es allí en donde nuestros gobernantes deberán ser y saber ser estratégicos, hábiles y muy finos para sacar el mejor provecho sin perder aquello que nos caracteriza, sin perder a nuestra Patria.




