Hay muchas formas de entender la política: el idealismo, el utopismo, el ideológico y el realismo político. Este último parte de la premisa que la realidad debe ser la única piedra de toque de lo político y su referencia fundamental. Al respecto, los profesores Alonso Muñoz Pérez y Armando Zerolo Durán expresan:
“…el realismo político es una forma de ver el fenómeno de lo político muy apegada a los hechos concretos. En una época racionalista inclinada a despreciar la realidad se hace necesaria una reinterpretación de lo político en cuanto tal. La política no debe ser el diseño de un sistema ideal…”.
Lo anterior significa sencillamente que para hacer política debemos abandonar toda pretensión idealista, pues la experiencia nos enseña que lo que parece funcionar en nuestra mente, en el mundo de las ideas, muchas veces fracasa en la realidad. En ese sentido, una de las pocas leyes sociológicas que existen en la política se denomina “la ley de hierro de la oligarquía”, y es aparentemente inquebrantable, de hierro, porque “vertebra lo político”, pues se encuentra en el fundamento de lo político, en su karakú, en lo meta-político. Si el lector quiere imaginar qué es la metapolítica debe pensar en un edificio, donde los cimientos, serían el fundamento, el meta-edificio. Sin él no podría mantenerse en pie. El cimiento es al edificio lo que la metapolítica es a la política.
La ley de hierro atraviesa la actividad política de tal manera que sus manifestaciones se encuentran por doquier, obstinadamente, en todas las formas de gobierno, es decir, independientemente de la forma que adquiera la política, sea esta una monarquía, una aristocracia o una democracia, siempre siempre el poder recaerá en manos de unos pocos ¿Eso significa oligarquía no? El gobierno de los pocos.
El término “la ley de hierro de la oligarquía” fue elaborado por el sociólogo alemán Robert Michels, en su libro “Los partidos políticos: un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la democracia moderna”, del año 1911, en el cual demostraba que, sin importar la forma de gobierno, sin importar el régimen económico, (país socialista o capitalista), necesariamente, el poder político se concentraba en un pequeño grupo oligárquico. Lo más aterrador en aquel momento fue que, conforme a las conclusiones de Michels, la democracia era aún más vulnerable a la ley de hierro, es decir, “la democracia conduce a la oligarquía y contiene, necesariamente, un núcleo oligárquico”. De esta ley se desprende una norma práctica que funciona tanto en la guerra como en la política, la cual expresa que “una minoría organizada siempre gana a una mayoría desorganizada”. Lo anterior nos aclara el por qué la democracia sucumbe inevitablemente ante la ley de hierro de la oligarquía: los votantes, esa mayoría desorganizada, queda a merced de los partidos y las élites políticas, que son minorías organizadas.
No pretendo realizar una descalificación de la democracia como tal, sino extenderles una invitación a comprenderla, y a comprender que, como decía Michels, “quien dice organización, dice oligarquía”, con lo cual parece que, como nos enseñó el querido profesor, y politólogo español, Dalmacio Negro Pavón, “los problemas políticos no tienen solución, solo cabe el compromiso”. Comprender no es justificar, es abrir los ojos a la realidad, es abandonar nuestras visiones legañosas de la democracia y señalar que “el rey está desnudo”: aparentemente no existe forma de escapar a esta poderosa ley de hierro sociológica.
Pero queridos amigos, no hay que sucumbir ante el catastrofismo, ni ser cínicos al respecto de esta realidad política, sino que debemos aceptarla y así inmunizarnos con el único antídoto parcial y provisional contra la ley de hierro: el compromiso personal en el ordenamiento de lo público. La responsabilidad personal en la esfera de lo colectivo es una medida paliativa mínima, transitoria pero necesaria, en la reducción de los daños que podría generar el núcleo oligárquico que gobierna en una democracia.
Así que, cuando la ex senadora Kattya González acusa histriónicamente a la democracia paraguaya de oligárquica, porque en nuestro país gobierna, ¿cómo dice ella?, “gobierna la primera minoría”, no lo hace por ignorancia sobre la ley de hierro, sino como una expresión de su frustración e impotencia. Su pretendida denuncia es una mascarada que esconde una desesperada confesión de sus deseos más profundos: lo que ella anhela, febrilmente, es ser parte de esa oligarquía nuevamente; porque, recordemos, amable lector, que ella ya fue parte integrante de esa oligarquía ¿O acaso no estuvo ella por más de un lustro en el congreso de la nación?
Para muestra un botón, exempli gratia: inclusive Kattya Gonzalez, que se autodeclara la supuesta encarnación de la voluntad popular, es la prueba viviente de que en este país (como en todos los países más democráticos del mundo) gobierna una minoría organizada y se cumple, estrictamente, la ley de hierro de la oligarquía ¡Gracias Robert Michels por ayudarnos a entender la política desde la metapolítica! ¡Gracias Kattya por tu ejemplo democrático!




