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Home Analisis

China no es el país del primer mundo que algunos quieren hacernos creer

by Redacción
22 de septiembre de 2026
in Analisis
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China no es el país del primer mundo que algunos quieren hacernos creer
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Hay una imagen de China que se ha instalado con enorme eficacia en Occidente: rascacielos interminables, trenes de alta velocidad, inteligencia artificial, autos eléctricos, robots industriales, megaciudades iluminadas y una capacidad manufacturera que parece no tener límites. Todo eso es real. Lo que no es real es la conclusión automática de que, porque China construyó ciudades que parecen pertenecer al siglo XXII, se convirtió en un país desarrollado.

Confundir potencia económica con desarrollo es uno de los errores más frecuentes al analizar a China. El país es una superpotencia industrial, comercial y tecnológica, pero continúa clasificado por el Banco Mundial como una economía de ingreso medio-alto. Para el ejercicio fiscal 2027, el organismo considera de ingreso alto a las economías cuyo ingreso nacional bruto per cápita supera los US$14.375; el grupo de ingreso medio-alto llega hasta ese límite.

Y ahí aparece la primera diferencia entre la imagen y la realidad. En 2025, el ingreso disponible per cápita de los habitantes urbanos chinos fue de 56.502 yuanes anuales, mientras que en las zonas rurales alcanzó 24.456 yuanes. La diferencia sigue siendo superior al doble, aunque la estadística oficial muestra que la brecha relativa entre ambos grupos se redujo durante el año.

Es decir, cuando alguien muestra Shanghái, Shenzhen, Pekín o Guangzhou como prueba de que China ya pertenece al primer mundo, está mostrando una parte real de China, pero no necesariamente toda la realidad económica y social del país. Una ciudad moderna no convierte automáticamente a todo un país en una economía desarrollada.

El caso chino es particularmente interesante porque su enorme crecimiento permitió elevar a cientos de millones de personas desde niveles de pobreza hacia una situación de mayor prosperidad. Ese logro es innegable. Pero precisamente por eso la pregunta actual es diferente: ¿puede China completar el camino hacia niveles de ingreso y bienestar comparables con los de las economías desarrolladas antes de que su estructura demográfica se convierta en un lastre? La respuesta todavía está abierta.

Durante décadas, China disfrutó de una ventaja extraordinaria: una enorme población en edad de trabajar, dispuesta a incorporarse a las fábricas, las ciudades y las cadenas globales de producción. Ese gigantesco ejército laboral fue uno de los motores fundamentales de su espectacular crecimiento. Pero esa ventaja está desapareciendo. En 2025, China perdió 3,39 millones de habitantes: nacieron 7,92 millones de personas y murieron 11,31 millones. La tasa de crecimiento natural fue negativa, de -2,41 por mil. Al mismo tiempo, el 23% de la población tenía 60 años o más y el 15,9% tenía 65 años o más.

El problema, por tanto, no es que China tenga poca población. El problema es que está envejeciendo antes de alcanzar los niveles de riqueza per cápita de las sociedades más desarrolladas. Japón, Alemania, Corea del Sur y otras economías desarrolladas también enfrentan el envejecimiento, pero China debe afrontar esa transformación mientras todavía intenta elevar considerablemente el nivel de vida de una población de más de 1.400 millones de personas.

Durante décadas, la política de control de natalidad contribuyó a transformar la estructura demográfica del país y ahora Pekín enfrenta el problema contrario: menos nacimientos, más personas mayores y una fuerza laboral que dejará de crecer. En 2025, la población de 16 a 59 años representó el 60,6% del total, mientras que los mayores de 60 años llegaron a 323,38 millones.

China todavía dispone de una enorme fuerza laboral. La cuestión, sin embargo, no es solamente cuántos trabajadores tiene hoy, sino cómo evolucionará durante las próximas décadas la relación entre población activa y población jubilada.

Ahí aparece una paradoja. China se hizo rica gracias a una combinación excepcional de población, industrialización, urbanización, inversión, exportaciones y mano de obra abundante. Ahora debe intentar avanzar hacia un modelo mucho más dependiente de la productividad, la innovación y el consumo interno, precisamente cuando su ventaja demográfica comienza a desaparecer. Es una carrera contra el tiempo.

Tampoco sirve reducir la discusión a la tecnología. China puede fabricar trenes de alta velocidad, dominar segmentos de la industria automotriz eléctrica, producir paneles solares a una escala extraordinaria y competir en inteligencia artificial. Todo eso demuestra una capacidad industrial y tecnológica formidable. Pero el desarrollo de un país no se mide por sus edificios más altos ni por sus empresas más avanzadas.

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo situó el Índice de Desarrollo Humano de China en 0,797 para 2023, muy cerca del umbral de 0,800 utilizado para el nivel de desarrollo humano “muy alto”. El organismo también señala que el país enfrenta importantes desafíos demográficos y diferencias entre regiones, lo que demuestra que el promedio nacional no refleja por sí solo toda la realidad china.

La conclusión, por tanto, no es que China sea un país atrasado. Todo lo contrario. China es demasiado poderosa para ser considerada simplemente una economía en desarrollo tradicional, pero todavía demasiado desigual y relativamente pobre por habitante para ser colocada, sin matices, dentro del grupo de las economías desarrolladas.

Es una potencia de ingreso medio-alto con enclaves urbanos y tecnológicos que ya parecen propios del primer mundo. Y esa distinción importa, porque el tamaño del PIB puede convertir a un país en una superpotencia, pero no necesariamente convierte a sus ciudadanos en ricos.

China puede tener una economía gigantesca y, al mismo tiempo, mantener una renta por habitante muy inferior a la de las principales economías desarrolladas. Puede fabricar para todo el mundo y tener una enorme población cuyo nivel de consumo todavía está lejos del de las sociedades más ricas. Puede construir ciudades futuristas y mantener diferencias importantes entre los ingresos urbanos y rurales. Y puede convertirse en una potencia tecnológica mientras enfrenta uno de los procesos de envejecimiento demográfico más importantes del mundo. Ese es el verdadero desafío chino.

No se trata de negar el extraordinario éxito de China. Se trata de entenderlo correctamente. China no llegó tarde a la modernidad. Llegó extraordinariamente lejos. Pero todavía no terminó el viaje.

El gran interrogante de las próximas décadas será si consigue completar esa transformación económica y social mientras enfrenta el envejecimiento de su población, la reducción de su fuerza laboral y las diferencias que todavía persisten entre regiones y grupos de población.

La China de los rascacielos existe. La China de los trenes bala existe. La China tecnológica existe. Pero también existe la China rural, la China de los trabajadores migrantes, la China de los ingresos medios y la China que envejece.

Para comprender a la verdadera China hay que mirar a todas

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