Olimpia derrotó 2-1 a Recoleta y encadenó otro triunfo después del superclásico, pero más allá de los tres puntos, el partido volvió a desnudar una vieja enfermedad del equipo de Pablo “Vitamina” Sánchez: cuando tiene el control, juega; cuando consigue ventaja, parece olvidarse de atacar.
Durante buena parte de la primera etapa, el Decano fue claramente superior. Manejó la pelota, presionó la salida de Recoleta y llevó peligro con insistencia sobre el área funebrera. Alan “Coyote” Rodríguez abrió el marcador a los 6 minutos con un potente zurdazo, después de una combinación entre Bernardo Romeo Benítez y el lateral.
Olimpia siguió dominando y encontró espacios por los costados. Fernando Cardozo fue uno de los más incisivos y a los 24 minutos estuvo cerca del segundo, obligando a Andrés Marsengo a una gran intervención. Cinco minutos después llegó el 2-0: Tim Payne filtró una pelota para Cardozo, quien desbordó por derecha y asistió hacia atrás para Franco Alfonso, que definió de primera y puso justicia al dominio franjeado.
Rodríguez, Payne, Benítez y Cardozo fueron los hombres que más movilidad y profundidad aportaron en un Olimpia que parecía tener todo bajo control. Pero llegó el segundo tiempo y, como tantas otras veces, apareció el otro Olimpia.
El equipo se volvió irresoluto, especulativo y temeroso. Ese conjunto que necesita pedir permiso para atacar, que demora una eternidad en coordinar una jugada y que convierte cada error defensivo en una invitación para el rival. Recoleta se adelantó y fue más movedizo, aunque sus ataques carecieron de profundidad e ideas. Incluso cuando Paul Charpentier estuvo cerca del descuento a los 75’, el Decano siguió aferrado al 2-0.
Y, otra vez, tuvo que recibir un golpe para reaccionar. En tiempo añadido, Richart Ortiz Páez descontó de cabeza tras un centro de Blas Medina y puso suspenso al cierre. Recién entonces Olimpia volvió a buscar con decisión y generó un par de situaciones que pudieron liquidar el partido.
El Decano ganó, sí. Pero la doble cara no desaparece. Sánchez todavía no consigue corregirla y, en un campeonato donde cada punto puede pesar una tonelada, semejante irregularidad puede terminar cobrándole una factura demasiado cara.




