La candidatura de Soledad Núñez para la Intendencia de Asunción consiguió reunir a sectores que, en otras circunstancias, difícilmente compartirían el mismo espacio electoral. El problema es que esa diversidad, que puede convertirse en una fortaleza frente al Partido Colorado, también expone una dificultad que todavía no tiene una respuesta clara: quién conducirá políticamente la alianza y qué proyecto prevalecerá si llegan al poder.
La campaña pretende instalar una imagen de renovación y de alternativa, pero detrás de la candidatura existen estructuras políticas con historias diferentes y dirigentes que tienen objetivos propios. La convivencia entre liberales, referentes del tercer espacio, independientes y el movimiento de Miguel Prieto todavía está lejos de ser una fórmula sencilla.
El primer antecedente incómodo apareció durante la definición de la candidatura opositora. Núñez terminó imponiéndose a Johanna Ortega en el mecanismo de medición acordado entre ambas partes. Ortega aceptó el resultado, aunque aquel proceso dejó interrogantes que todavía sobreviven en algunos sectores. Entre ellas, versiones sobre un eventual conocimiento previo de determinados aspectos de la metodología utilizada.
No hay, hasta ahora, elementos públicos que permitan concluir que esas circunstancias hayan modificado el resultado. Pero políticamente el episodio dejó algo más difícil de medir: la confianza entre quienes ahora deben pedirle al electorado que confíe en ellos como equipo.
A eso se suma el peso de las estructuras tradicionales. El PLRA llega a la alianza con dirigentes que poseen décadas de experiencia en la política capitalina y con una organización propia que difícilmente renunciará a su capacidad de decisión. Entre ellos se encuentra Augusto Wagner, figura con una importante base electoral y una larga permanencia en la Junta Municipal.
Su trayectoria también introduce una discusión incómoda para el discurso de renovación. Wagner acompañó durante años determinadas rendiciones de cuentas de la administración de Óscar “Nenecho” Rodríguez, de acuerdo con antecedentes difundidos públicamente. El contraste entre esa trayectoria y el mensaje de cambio que ahora intenta transmitir la coalición resulta inevitable.
La pregunta, entonces, no es solamente quién será candidato. Es qué significa realmente el cambio que la alianza promete.
Mientras tanto, Miguel Prieto juega su propia partida. El líder de Yo Creo busca convertir el crecimiento obtenido en Ciudad del Este en una plataforma de alcance nacional y llegar fortalecido a la carrera presidencial de 2028. Su participación en Asunción le permite ampliar su presencia, pero también lo coloca frente a una estructura liberal que durante décadas ocupó el lugar de principal fuerza opositora.
Cada actor llega, por tanto, con una expectativa diferente. Para algunos, Asunción es una oportunidad para recuperar espacios políticos; para otros, representa la posibilidad de consolidar una nueva alternativa; y para Prieto, puede convertirse en otro paso para construir liderazgo nacional.
En medio de esa negociación permanente aparece Núñez, quien debe transformar una suma de apoyos en una conducción política efectiva. No alcanza con que distintos sectores coincidan en quién quieren que pierda la elección; también necesitan ponerse de acuerdo sobre qué harán al día siguiente de ganarla.
Ese puede ser el verdadero examen de la alianza.
Porque derrotar al adversario puede unir temporalmente a fuerzas distintas. Gobernar una ciudad, en cambio, obliga a decidir sobre presupuesto, funcionarios, obras, contratos, prioridades y distribución de poder. Y allí desaparece la comodidad de las consignas electorales.
La candidatura de Soledad Núñez tiene por delante, entonces, una tarea que va mucho más allá de conseguir votos: demostrar que quienes hoy comparten una boleta también pueden compartir un proyecto de gobierno.
Si esa respuesta no aparece durante la campaña, la principal debilidad de la coalición podría no estar en sus adversarios, sino en la diversidad de intereses que lleva consigo.




