Paraguay se despidió del Mundial 2026 con una derrota por 1-0 frente a Francia en los octavos de final, pero lo hizo dejando una imagen de sacrificio, entrega y compromiso que estuvo muy por encima de sus limitaciones futbolísticas.
La Albirroja encontró la fórmula para neutralizar a una de las selecciones más poderosas del planeta durante gran parte del encuentro, aunque terminó pagando caro el desgaste físico acumulado y un error individual que acabó con el sueño mundialista.
El planteamiento de Gustavo Alfaro volvió a demostrar que Paraguay sabe competir cuando entiende cuáles son sus fortalezas. La línea de cinco defensores, el permanente trabajo de Andrés Cubas, Matías Galarza y Miguel Almirón para cerrar espacios, y el enorme despliegue colectivo lograron apagar durante toda la primera mitad a las principales armas ofensivas francesas.
Kylian Mbappé, Ousmane Dembélé y Michael Olise nunca encontraron los caminos para romper el cerrojo paraguayo, mientras que la posesión francesa se tradujo en un dominio completamente estéril, sin generar el fútbol dinámico que había exhibido a lo largo del torneo. Paraguay resistió con inteligencia, pero en ataque fue prácticamente inexistente. El esfuerzo realizado apenas unos días antes frente a Alemania dejó en evidencia que el equipo ya no tenía combustible para sostener otra batalla de semejante intensidad.
La historia cambió en el complemento. Francia volvió a monopolizar el balón y comenzó a encontrar algunos espacios gracias al ingreso de Désiré Doué, que aportó velocidad y desequilibrio. Paraguay continuó refugiado cerca de Orlando Gill y apenas mostró algunos tímidos intentos de contragolpe que jamás inquietaron seriamente a Mike Maignan.
El golpe definitivo llegó a los 70 minutos. Doué encaró dentro del área, Diego Gómez llegó tarde al cierre y cometió una infracción tan innecesaria como ingenua. Tras la revisión del VAR, el árbitro Ilgiz Tantashev sancionó el penal y Kylian Mbappé ejecutó con categoría, colocando el balón junto al poste izquierdo para establecer el único gol de la noche.
Después del 1-0 ya no hubo reacción. Paraguay estaba exhausto física y mentalmente. Francia administró la ventaja sin siquiera acelerar el ritmo, consciente de que el conjunto guaraní ya no tenía fuerzas para volver a meterse en el partido. La eliminación duele, pero también deja enseñanzas que no pueden volver a ignorarse.
Paraguay se marcha del Mundial con la frente en alto por haber alcanzado una instancia importante gracias a su carácter y disciplina táctica. Sin embargo, este torneo también expuso las mismas falencias de siempre: deficiencias técnicas, descoordinaciones en momentos decisivos y una preocupante falta de estado físico para sostener la exigencia de la élite. Diego Gómez, especialmente, dejó la sensación de no estar a la altura de semejante competencia, y su continuidad de cara a las próximas Eliminatorias merece un análisis profundo, al igual que la de varios integrantes del plantel.
Ya no sirve seguir utilizando como argumento los años de ausencia mundialista. Paraguay volvió a competir entre los mejores y comprobó que puede incomodar a cualquier potencia. Ahora el desafío es mucho más grande: corregir de raíz los errores que históricamente lo condenan a quedarse en el camino. Solo así la historia, alguna vez, podrá empezar a escribirse del lado albirrojo.




