La semana pasada tuvo lugar la visita de Chen Li-wun, presidente del histórico y decimonónico partido nacionalista sínico: el Kuomintang (KMT). Partido que se revitalizó en el siglo XX a partir de Sun Yat-sen, padre de la China moderna (no la actual, sino la China post-monárquica tras la abdicación del niño Emperador, último de la dinastía Qing en 1912).
Para la sociedad sínica de comienzo del siglo XX, el Kuomintag era un partido anti-monárquico, ergo, republicanista, aunque asumido por algunos investigadores como “revolucionario”. Lo cierto del caso, tras el fin del milenario modelo monárquico, China experimentó una suerte de era republicana, pero lejos de ser democrática, sino uno régimen autoritario clásico o de “pretorianismo oligárquico” liderada por el Generalísimo Chiang Kai-shek, como señalo en mi libro publicado en México el 2024 “China: El Dragón Demonio. Una visión histórica, económica y geopolítica”.
Lo cierto es que los nacionalistas del KMT tras ser derrotados por los comunistas de Mao en China continental, Chiang Kai-shek trasladó y asentó su gobierno en la isla de Formosa, estableciendo como capital Taipéi bajo la Ley Marcial de 1949, la cual fue derogada un cuarto de siglo más tarde luego de su muerte en 1975.
Y ahí encontramos la enorme contradicción de ese KMT al de hoy, si bien es cierto que los nacionalistas tradicionalmente se consideran chinos, así a secas, además que tampoco es Chen Li-wun no es la primera del partido azul en encontrarse con un líder de la China comunista, pues, ya lo hizo Lien Chan el 2005, Hung Hsiu-chu el 2016 y Ma Ying-jeou el 2023 más 2024. El problema de fondo subyace en que Chiang Kai-sek jamás reconoció el gobierno de Pekín como legítimo e igualmente los comunistas desde Mao hasta hoy, tampoco reconocen como legítimo al gobierno de Taipéi.
La pregunta obligatoria entonces, ¿qué puede dialogar la presidente del partido opositor y que contrala la mayoría del parlamento taiwanés (el Yuang Legislativo) con su némesis, el líder del Partido Comunista Chino, Xi Jinpig? Más allá de toda la puesta en escena del encuentro, nada más y nada menos en el Gran Palacio del Pueblo.
Por supuesto que no faltará un ignorante o mal intencionado en señalar que Taiwán y China “van rumbo a la unificación”, que se trató de una “inédita reunión” o simplemente que ya no hay tal rivalidad entre Taipéi y Pekín. La respuesta parca a lo interno del KMT es que la base de la visita buscó reactivar el “Consenso” de 1992, para que el público lo sepa, se trató se un acuerdo ORAL y en el que los negociadores Koo Chen-fu (por Taiwán) y Wang Daohan (por el régimen comunista de Pekín), ambos reconocieron UNA SOLA CHINA, pero sin definir -y mucho menos asumir cada uno- la definición de China. De tal manera que no fue ningún consenso o fue un consenso muy confuso, uno donde se mantenía la relación entre Taipéi y Pekín como de “una pareja separada, pero no divorciada”, en palabras de la politóloga Shelley Rigger (2014).
Finalmente, lo cierto es que esta visita de la actual Presidente del KMT Cheng Li-wun (sin olvidar que en el pasado fue militante del oficialista Partido Progresista Democrático, DPP) ha puesto de manifiesto una vez más la enorme contradicción a lo interno del propio partido, a tal extremo que muchos legisladores del KMT evitan las cámaras de la prensa, sin contar con una enorme división de la opinión pública isleña que por una parte consideran que es positivo abrir puertas para algún acuerdo con sus vecinos comunistas con miras a disminuir las constantes amenazas de las Fuerzas Armadas chinas o; por la otra, ven con gran recelo esta visita porque podría significar algún tipo de acuerdo que termine conllevando a Taiwán a repetir la triste historia de Hong Kong. Todo ello, al tiempo que trillones de dólares taiwaneses están invertidos en China continental y el comercio entre ambas sigue fluyendo día a día en medio de la histórica incertidumbre.




