El 0-0 entre Olimpia y Cerro Porteño ni siquiera merece ser analizado desde lo futbolístico. El partido quedó reducido a una anécdota irrelevante frente a un problema mucho más profundo: el fútbol paraguayo volvió a ser rehén de la violencia, la desorganización y la irresponsabilidad institucional.
Lo que ocurrió en Sajonia no es un hecho aislado ni sorprendente. Es la consecuencia directa de años de permisividad. Resulta imposible no apuntar a las dirigencias de ambos clubes, que desde hace tiempo conviven (cuando no se benefician) de la presencia de grupos violentos en las gradas. Se los tolera, se los protege indirectamente y se los utiliza como fuerza de presión. Después, cuando el caos estalla, nadie se hace cargo. Pretender desligarse es, como mínimo, una falta total de honestidad.
Del lado de Cerro Porteño, la situación es especialmente alarmante. La reiteración de episodios similares expone una estructura que claramente no está siendo controlada. Pero sería ingenuo creer que Olimpia está libre de culpa: la lógica es la misma, solo cambian los colores. Ambos lados han normalizado lo que debería ser inadmisible.
Y si las dirigencias fallan, lo de la Policía Nacional directamente roza lo inaceptable. Otra vez quedó expuesta su incapacidad para garantizar la seguridad en un evento de alto riesgo. No se trata solo de ineptitud operativa: la sensación que deja es todavía peor. Porque cuando los mismos rostros violentos aparecen una y otra vez sin consecuencias, la sospecha de tolerancia (o algo más) se vuelve inevitable. El resultado es un espectáculo degradado y una sociedad que pierde confianza.
En lo deportivo, todo indica que Olimpia terminará ganando los puntos por reglamento. Pero eso es apenas un parche. El verdadero problema sigue intacto. Mientras quienes deben erradicar la violencia sigan conviviendo con ella, nada va a cambiar. El fútbol paraguayo no está enfermo, está acostumbrado a la enfermedad. Y eso es mucho más grave.




