sábado, 24 febrero, 2024

La familia es el lugar más inseguro para los niños en Paraguay: ¿maldad o estupidez?

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Héctor Acuña
Héctor Acuña
Director Editorial de InformatePy

Existe una agenda política disolvente que pretende atomizar a la sociedad atacando sus vínculos más estrechos, entre ellos la familia. Muchos agentes de esta agenda son formadores de opinión pública, portavoces de ONGs y personal del gobierno. Naturalmente, un individuo atomizado, sin familia nuclear y sin familia extensa, es propenso a la manipulación política. En los últimos años, los agentes mencionados han propalado una extensa red de mentiras y falacias con el fin de desprestigiar a la institución familiar convencional, horadar su autoridad, relativizar su importancia y, en última instancia, sugerir su disolución. Estos amargos activistas suelen inyectar su veneno en los canales de comunicación social oficial, en redes, buscando intoxicar a la opinión pública con sus entenebrecidas visiones.

Elijo hoy desmentir la patraña de que la familia, o como dicen estos agoreros, el entorno familiar (primer juego retórico que utilizan para marear) es el lugar más inseguro para los niños en Paraguay.

Antes que nada, fui casi 3 años funcionario del Ministerio de la Niñez y la Adolescencia (MINNA). Mi trabajo era ser un interventor en crisis psicosociales. Recorría de noche, Asunción y Gran Asunción, buscando niños en situación de calle, drogodependencia, abuso sexual o explotación, a quienes brindábamos primeros auxilios psicológicos en el marco de una relación que pretendía aumentar su resiliencia y a la vez les ofrecíamos servicios, entre los cuales destacaban llevarlos a su domicilio, a servicios médicos, a realizar denuncias o ser inspeccionados por medicina forense, o a albergues estatales donde pudieran cenar y dormir.

El detalle anterior no es menor: yo sé perfectamente de lo que hablo. Conozco el sistema desde adentro, conozco el fenómeno del abuso sexual infantil, y repudio que en los últimos gobiernos se haya adoptado un discurso falaz y agresivo en contra de la familia tradicional evolutiva, sembrado por insidiosas ONGs de dudosas intenciones, ideológicamente controvertidas y de sombríos financiamientos.

A continuación, plantearé rápidamente inconsistencias y falacias de voceros del estado, ONGs y comunicadores respecto a la siguiente frase:

LA FAMILIA ES EL LUGAR MÁS INSEGURO PARA LOS NIÑOS EN PARAGUAY

Adelanto que este artículo será un poco más extenso que lo que acostumbro, pero la mentira debe explicarse y someterse a un examen minucioso con el objeto de que la verdad prevalezca.

FALACIA 1: ENTORNO FAMILIAR NO ES FAMILIA.

La Constitución Nacional del Paraguay (CN) en su artículo 49 declara que una familia existe con la condición de que haya “unión estable del hombre y la mujer, a los hijos”. En ese sentido, la CN expresa en el art. 52 que “la unión en matrimonio del hombre y la mujer es uno de los componentes fundamentales en la formación de una familia”. En el art. 51 nuevamente ratifica que “las uniones de hecho entre el hombre y la mujer…que reúnan las condiciones de estabilidad y singularidad, producen efectos similares al matrimonio”, es decir, la formación de una familia.

Explico todo lo anterior para enfatizar que no cualquier relación entre hombres y mujeres, bajo un mismo techo, y donde existan niños es una familia. El sentido común y la CN dictan que la familia es una unión estable y singular entre un hombre, una mujer y sus hijos, en lo posible una unión matrimonial o que tenga los mismos efectos que el matrimonio. Afirmo sin temor a equivocarme, porque conocí cientos de casos, que la gran mayoría de los abusos sexuales infantiles en Paraguay se dan en contextos que difícilmente reúnan las condiciones para ser denominados “familia. Hay que ser serios con las definiciones y la deshonestidad intelectual es la norma en asuntos atravesados por los intereses de las ONGs.

Durante 3 años visité domicilios que difícilmente puedan denominarse “hogares”; hablé con “rejuntados de gente” que difícilmente puedan decirse “familias”. La regla en estos antros donde acontecen los abusos sexuales es la cohabitación transitoria, el amancebamiento estacional, promiscuidad y hacinamiento, el cambio de parejas frecuente, la presencia de personas que no tienen lazos sanguíneos, el alcohol 3 o 4 noches a la semana y me pregunto, ¿Dónde se puede observar que estas relaciones entre los sexos posean estabilidad y singularidad? ¿Por qué endosar a “la familia” un fenómeno que nunca sucede en “familias” sino justamente en ámbitos contrarios al concepto constitucional de “familia”, ya que las relaciones entre los sexos, hombre y mujer, que las constituyen no se caracterizan por un proyecto a largo plazo estable y singular?

El uso discrecional y extenso del concepto “familia” que los agentes de las ONGs, del Estado y los medios de comunicación blande, solo porque así les sirve a sus disolventes fines políticos, es una arista más de la compleja batalla cultural que venimos dando con otros intelectuales y activistas libertarios, patriotas y conservadores. Ese uso licencioso de la palabra “familia” dibuja el campo de juego donde luego se desarrolla la discusión pública ¿Se percata usted por qué es tan importan no permitir que declarados enemigos de la civilización definan los conceptos a utilizar? Además, repugna mi sensibilidad científica el uso tan escandalosamente corrompido que hacen del concepto “familia”, el cual es totalmente inconstitucional y contra el sentido común.

FALACIA 2: EL 85% DE LOS ABUSOS SEXUALES INFANTILES SE DA EN CONTEXTOS FAMILIARES.

Amnistía Internacional en su portal web dice:El 80% de los casos de abusos sexuales contra niñas, niños y adolescentes tienen lugar en el entorno familiar” [1]; el representante de la Coordinadora por los Derechos de la Infancia y la Adolescencia (CDIA), el señor Aníbal Cabrera, expresa: El 85% de los abusos sexuales infantiles se da en el ámbito familiar” [2]. La ex ministra de la Niñez, Teresa Martínez decía “en el ámbito privado de la familia, hasta ahora tenemos los datos, más del 90% de los casos de abuso sexual de los niños se da estrictamente en el entorno familiar” [3].

La navaja de Hanlon, una herramienta de la lógica, me exige que “nunca le atribuya a la maldad lo que puede ser explicado satisfactoriamente por la estupidez”. Y es que decir que los niños son abusados en contextos familiares es equivalente a expresar que los accidentes de tránsito automotor ocurren en la calle o que los tigres son cazados en la selva. La pregunta es, ¿dónde esperan estos “especialistas” de las ONGs que se encuentren los niños? De este hecho, sugerir acaso una relación causal, incluso una correlación es, lo primero una temeridad metodológica; lo segundo, una perogrullada cósmica.

Pensemos como un científico que pone a prueba sus hipótesis ¿El abuso sexual infantil no podría ser función de otras variables? Le doy una que satisface todas las reglas de la lógica y que explica más satisfactoriamente el punto en cuestión. Un año posee 8.064 horas. Los niños pasan en la escuela, aproximadamente, 4 horas al día, 20 horas a la semana, 80 horas al mes. Van 10 meses a la escuela. Lo que representa 800 horas anuales ¿Cuánto tiempo representan las 800 horas de clases, grosso modo, de las 8.064 horas de un año? Representan 10%. Ergo, el 90% del tiempo los niños pasan en sus domicilios, lo cual podría sencillamente expresar la siguiente verdad lógica: los porcentajes de abuso sexual infantil atribuidos espuriamente al ambiente familiar sencillamente podrían ser una función de dónde pasa más tiempo el niño.

Huelga decir que el año 2022, una escuela-colegio de Lambaré, que tiene doble escolaridad, estuvo en el ojo de la tormenta por un caso de abuso sexual en sus instalaciones, un caso que confirma una tesis etológica fundamental, que pasan por alto los expertos culturalistas: el depredador sigue a la presa y la caza en el ámbito que esta frecuenta.

FALACIA 3: LOS CASOS DE ABUSO SEXUAL INFANTIL VAN EN AUMENTO.

La Coordinadora por los Derechos de la Infancia y la Adolescencia (CDIA) y su vocero recurren al alarmismo estadístico para reforzar su activismo contra la institución familiar tradicional y evolutiva. En un informe reciente de febrero de este año, declaraban que a cada 2 horas se registra una víctima de abuso sexual. Es así que para este 2023 se preveían, augurios mediante de CDIA que, aproximadamente, 4.380 niños y adolescentes serían víctimas de abuso sexual ¿De dónde salen estos datos? Bueno, la misma CDIA aclara que son casos reportados, es decir, para entonces aún no había investigación, ni debido proceso, ni sentencia a culpables: son denuncias. Está bien y, sin embargo, metodológicamente es poco honesto decir que cada dos horas se registra un abuso sexual si este no ha sido probado.

https://www.ultimahora.com/paraguay-registra-una-victima-abuso-sexual-cada-dos-horas-n3049968

En todo caso, y como soy una persona generosa, aceptemos el dato y veamos cuánto representa de la población infantil paraguaya, definida entre 0 y 17 años. Según la Encuesta Permanente de Hogares Continua (EPHC), del Instituto Nacional de Estadística (INE) del año 2022 [4], existe 2.500.000 niños y adolescentes en Paraguay. Esto quiere decir que, si el año 2023 habría 4.380 niños abusados, representaría el 0,18% de la población infantil del país, y como mencioné, estos casos aún deben ser probados en juicio, y, sin embargo, no llegan ni siquiera al 1%.

Acumulemos los datos de los últimos años que nos “regala” CDIA. Entre el 2018 y el 2022, se “registraron” 17.156 casos de abuso sexual infantil, lo que representa nuevamente el 0,69% de la población infanto-juvenil. Tampoco, ni siquiera acumulando 5 años se llega al 1% ¿Por qué entonces CDIA recurre al terrorismo estadístico para denunciar los abusos sexuales infantiles en Paraguay? ¿Acaso decir la verdad no basta? ¿O el financiamiento de estas ONGs depende de la magnitud del problema en cuestión que dicen abordar?

Antes dejo sentada mi posición: un solo abuso sexual infantil es intolerable y debe ser ejemplarmente castigado. Dicho lo anterior, no entiendo cómo el alarmismo de las cifras, el terrorismo estadístico de decir que el fenómeno va en aumento cuando no es cierto ayuda a la causa. Las mismas estadísticas apenas oscilan de año en año y recordemos que son casos denunciados, no sentencias firmes de abuso sexual.

En realidad, afortunadamente, el maltrato físico, en general, y el abuso sexual, en particular, en niños va en declive a medida que avanza la civilización y el estado de derecho. En su clásico libro “Los ángeles que llevamos dentro: el declive de la violencia y sus implicaciones”, el psicólogo de Harvard Steven Pinker explica:

Jones y Finkelhor pusieron también de manifiesto que, en ese mismo periodo (1990-2006) el índice de abuso sexual, disminuyeron en uno o dos tercios. Corroboraron las cifras decrecientes con comprobaciones de validez, como estudios de victimización, datos de homicidios, confesiones de infractores e índices de enfermedades de transmisión de sexual; todo lo cual está bajando. De hecho, a lo largo de las dos décadas pasadas la vida de los niños y adolescentes mejoró en todos los aspectos mensurables.

(p.601)

Desafío públicamente a cualquier activista de ONGs, a cualquier comunicador de medios o a cualquier agente estatal a que me desmienta y acepte un debate televisado sobre estos temas. Sin embargo, eso no va a suceder porque los mentirosos y falaces prefieren jugar con cancha libre con tertulianos afines y amenos encuentros de copetín.

La realidad es que el abuso sexual es atroz y un flagelo, es un atropello a la dignidad de un ser humano en crecimiento y desarrollo y deja secuelas. La otra parte de esta realidad es que mercaderes estatales y de ONGs lucran con esta situación y en gran medida las cuantías de sus emolumentos dependen de la magnitud reportada del fenómeno, por lo cual dudosamente actúan bajo los incentivos correctos a la hora de abordar este fenómeno.

La familia, tradicional y evolutiva, ha demostrado ser, y sigue siendo, una institución formidable para criar niños y formar adultos responsables. Lo único que precisa la familia como institución social para prosperar es que el Estado quite sus garras de encima.  Destruir la familia porque sencillamente opone resistencia a los arrogantes planes que los ingenieros sociales tienen para los niños es grotesco, y además es fatuo. Está destinado a fracasar. Como decía el apologista cristiano G. K. Chesterton:

“Quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, porque no saben lo que deshacen”.


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