Entre los años 1513 y 1519 Nicolás Maquiavelo, escribió dentro de su extensa obra “Discursos sobre la primera década de Tito Livio” un original capítulo que, posteriormente, adquiriría renombre más particular por lo original del tema y del enfoque, me refiero al capítulo denominado “Sobre las traiciones” o “De las conjuras”, donde con enfoque analítico, propio del que posteriormente sería denominado “el padre de la política moderna”, realizó una fría autopsia del fenómeno político de la traición, demostrando que este podía ser estudiado conforme a los principios del realismo que caracterizan a la ciencia moderna.
En el apartado de “Advertencia a los príncipes” aconsejaba el florentino: “Un príncipe que quiera estar a salvo de las conjuras debe, pues, temer más a aquellos a quienes ha complacido demasiado que a los que han recibido demasiadas injurias: porque a éstos últimos les falta la facilidad que a los otros les sobra” _ para luego decir: “los conspiradores han de ser gente importante y que tengan fácil acceso al príncipe”. Maquiavelo examina las fases de una traición política como un anatomista calificado disecciona una conjura en tres fases: 1) antes de llegar a los hechos, 2) la acción propiamente dicha, y 3) después de la traición.
El escrito de Maquiavelo, siendo del siglo XVI, debería recordarnos que la conjura y la traición solamente son prosaicos elementos integrantes y constitutivos de la política y que no deberíamos escandalizarnos cuando estos acontecen, como lo ha hecho recientemente cierto periodismo puritano y muy de modé en nuestra época. Si este periodismo hubiera leído al premio Nobel de economía, James Buchanan, recordaría que no debemos adolecer de una visión romántica de la política, pues la misma es impulsada exactamente por los mismos móviles de la naturaleza humana que nos dirigen y orientan en los asuntos económicos: el egoísmo personal o la búsqueda de mejorar nuestra propia condición.
“La política genera extraños compañeros de cama”, decía mi profesor de Economía e instituciones”, Eduardo Fernández Luiña, y lo que esto significa es que, en la búsqueda por el poder, uno necesariamente tendrá que tragarse muchos sapos, lo importante es no perder la capacidad de elegir qué sapo tragarse ¿Acaso no se aliaron Churchill y Roosevelt con el mismísimo diablo de Stalin para ganarle al otro diablo de Hitler? ¿No “durmieron juntos” Fernando Lugo, el socialista y el patriaqueridista fundante y pro-capitalista, Pedro Fadul para ganarle al partido colorado? ¿Y qué se diría del progresista Nicanor Duarte Frutos, otrora amigo de Hugo Chávez, aliado al movimiento de derecha Honor Colorado en el último año? ¿Y Eduardo Nakayama?, posiblemente el elemento más liberal del izquierdista PLRA, aliado reiteradamente con los socialistas de la internacional socialista del PDP ¿qué nos enseña? “La política genera extraños compañeros de cama”, recordaría el profesor Fernández Luiña.
El afamado escritor Robert Greene, en su clásico “Las 48 leyes del poder”, nos recuerda, en política, a “No confiar demasiado en los amigos y saber utilizar a los enemigos”, y luego agrega, recordándonos el enfoque maquiavélico:
“No hay que fiarse nunca de los amigos _ que le traicionan a uno con mayor rapidez porque sienten envidia con facilidad _. También se convierten en unos mimados tiránicos. Pero si se contrata a un antiguo enemigo será el más leal que un amigo, porque tiene más que demostrar. De hecho, hay mucho más que temer de los amigos que de los enemigos”.
Si bien el famoso refrán advierte que “Roma no paga traidores”, deberíamos finalmente reconocer, debido a la ingente cantidad de pruebas históricas, que los felones reciben su paga de otras fuentes, pues la negativa de Roma a abonarles nunca ha logrado impedir la abundante existencia de las traiciones en la política. Si no le creen a Maquiavelo, créanle a la historia universal y a nuestra historia reciente.



