La presencia empresarial japonesa en China cayó a su nivel más bajo desde que existen registros comparables. En apenas dos años, más de 4.000 compañías abandonaron el mercado o dejaron de ser localizadas, mientras las tensiones geopolíticas, la competencia local y los riesgos comerciales empujan a Japón a diversificar sus cadenas de producción.
La relación económica entre Japón y China atraviesa una etapa de profunda transformación. Un reciente relevamiento de Teikoku Databank, citado por el Financial Times, muestra que el número de empresas japonesas con presencia en China continental descendió a 10.118 en junio de 2026, el nivel más bajo desde que comenzaron los registros en 2010. La cifra representa una reducción del 22,4 % respecto de 2024 y de casi 30 % frente al máximo registrado en 2012, cuando había 14.394 compañías.
El dato que mejor refleja el cambio de tendencia es la diferencia entre las empresas que llegan y las que se marchan. Entre 2024 y 2026 se identificaron 1.221 nuevas compañías japonesas que ingresaron al mercado chino, mientras que 4.137 abandonaron el país o dejaron de poder ser localizadas, el número de salidas más elevado registrado hasta ahora.
Detrás de esta retirada se acumulan factores económicos y estratégicos. La desaceleración de la economía china, el aumento de los costos, la fuerte competencia de fabricantes locales y la sobrecapacidad industrial están reduciendo los márgenes de numerosas compañías japonesas. A esto se suman los riesgos derivados de los aranceles estadounidenses, que están llevando a algunas empresas a replantear sus cadenas de suministro y a incrementar su presencia en mercados como India, Vietnam y Tailandia.
La tensión política entre Tokio y Pekín añade otra capa de incertidumbre. Las relaciones bilaterales se deterioraron después de declaraciones de la primera ministra japonesa Sanae Takaichi sobre un eventual conflicto en el estrecho de Taiwán. Posteriormente, China adoptó nuevas medidas de control sobre determinadas entidades japonesas y endureció las condiciones para algunas exportaciones de productos de doble uso.
El impacto también comienza a sentirse en sectores vinculados al turismo y al intercambio comercial. La combinación de tensiones diplomáticas y medidas económicas ha aumentado la percepción de riesgo entre las empresas, que buscan reducir su dependencia de un único mercado.
Shanghái se encuentra entre las ciudades donde el repliegue resulta más evidente. Las empresas pequeñas son, en particular, las que están abandonando con mayor rapidez el mercado chino, mientras que las grandes multinacionales tienden a mantener sus operaciones, aunque revisando sus niveles de exposición y diversificando parte de sus cadenas productivas.
La tendencia, sin embargo, no significa que Japón esté abandonando completamente China. El gigante asiático continúa siendo una pieza fundamental para la producción y las cadenas de suministro de numerosas compañías japonesas. El cambio consiste, más bien, en pasar de una estrategia de expansión y fuerte dependencia a otra basada en la diversificación y la reducción de riesgos.
La frase que resume esta transformación —“alimentamos al dragón y escupió fuego”— refleja la frustración de quienes consideran que décadas de inversión japonesa contribuyeron al fortalecimiento de la capacidad industrial china, mientras que hoy las propias empresas japonesas enfrentan una competencia mucho más agresiva y un entorno geopolítico cada vez más complejo.
Lo que está ocurriendo no es un éxodo absoluto, pero sí una señal clara: Japón ya no está apostando por China con la misma confianza que hace una década. Las cifras muestran que muchas empresas están tomando una decisión que hasta hace pocos años parecía improbable: mantener un pie en China, pero colocar el otro en nuevos mercados para no depender exclusivamente del gigante asiático.




