No todas las culturas son iguales. No todas merecen el mismo respeto. El culturismo —la postura que evalúa las culturas por sus resultados concretos sobre la vida humana— no es odio ni supremacismo racial. Es realismo. Es la negativa a fingir que una sociedad que lapida a las mujeres por adulterio, mutila los genitales de sus niñas o ejecuta a quien abandona la religión oficial se sitúa al mismo nivel moral que una que garantiza la igualdad ante la ley, la libertad de conciencia y la protección de los más vulnerables.
Hay costumbres que no admiten relativismo. La mutilación genital femenina, practicada aún en diversas sociedades de África y Oriente Medio, no es “tradición cultural”: es la amputación deliberada del placer y la autonomía sexual de millones de niñas. Los matrimonios forzados de menores, frecuentes en regiones donde la niña es mercancía de intercambio familiar, no son “usos ancestrales”: son violación institucionalizada de la infancia. El “honor” que justifica el asesinato de hermanas o hijas por relaciones consensuadas no es valor: es misoginia letal. Las leyes que castigan la apostasía o la blasfemia con cárcel o muerte no son “respeto a lo sagrado”: son instrumentos de terror intelectual.
Estas prácticas no son anomalías aisladas. Forman sistemas coherentes que subordinan al individuo al clan, a la tribu o al dogma. Generan sociedades de baja confianza, alta violencia doméstica, baja participación femenina en la educación y la economía, y escasa capacidad de autocrítica. Los datos de desarrollo humano, esperanza de vida, índices de libertad y tasas de homicidio lo confirman una y otra vez: las culturas que han abandonado o prohibido estas costumbres barbáricas ocupan sistemáticamente los primeros puestos; las que las mantienen o las celebran, los últimos.
El relativismo cultural que pretende igualarlas es una forma sofisticada de cinismo. Quien vive en una democracia liberal y se niega a juzgar la lapidación o la esclavitud sexual “por respeto a la diversidad” no está siendo tolerante: está traicionando a las víctimas reales de esas costumbres. El culturista, en cambio, afirma un criterio sencillo y universal: una cultura es superior en la medida en que maximiza la autonomía individual, protege a los débiles de la violencia del grupo y permite el progreso material e intelectual. Según ese criterio, no hay equivalencia posible entre una sociedad que educa a sus hijas y otra que las circuncida; entre una que permite la crítica al poder y otra que la castiga con la muerte.
Reconocer jerarquías culturales no implica invadir ni odiar. Implica, simplemente, dejar de mentir. Implica defender con claridad las instituciones y los valores que han demostrado, a lo largo de la historia, su capacidad para elevar la condición humana, y señalar sin miedo las costumbres que la degradan. El culturismo no pide perdón por preferir la civilización a la barbarie. La prefiere porque la evidencia lo exige.




