No fue el resultado del partido entre Francia y Paraguay lo que más llamó la atención. Tampoco las discusiones posteriores entre jugadores. Lo verdaderamente interesante ocurrió después, cuando comenzó el partido paralelo: el de los comentaristas, los editorialistas y los guardianes de la corrección política. Una vez más apareció el mismo libreto.
Europa no solo pretende exportar su legislación, sus regulaciones ambientales o sus modelos sociales. También busca exportar una determinada forma de vivir el fútbol. Un fútbol higienizado, cuidadosamente esterilizado, donde la intensidad emocional parece molestar más que la simulación o la provocación.
Hace tiempo que el continente europeo decidió librar una revolución cultural. En nombre del progresismo, de la inclusión o de las nuevas sensibilidades, Francia, Alemania, España y buena parte de Europa Occidental fueron modificando aceleradamente sus referencias históricas. Las discusiones sobre identidad nacional, familia, religión o tradición dejaron de ser marginales para convertirse en el eje del debate público.
El problema es que esas mismas categorías comenzaron a invadir espacios donde nunca habían sido necesarias. El fútbol es uno de ellos.
Hoy cualquier cruce verbal se transforma en un manifiesto sobre convivencia. Cualquier discusión entre jugadores deriva en largos sermones sobre los valores del deporte. Cualquier gesto de carácter es analizado bajo un prisma ideológico antes que competitivo.
Paradójicamente, quienes proclaman la diversidad parecen tener enormes dificultades para aceptar que existan distintas maneras de entender el fútbol.
Sudamérica jamás jugó este deporte como lo juega Europa.
Aquí el fútbol nunca fue una actividad clínica. Es barrio. Es orgullo. Es identidad nacional. Es competir hasta el último segundo. Es entender que una camiseta representa mucho más que once futbolistas.
Eso explica por qué resulta tan difícil comprender ciertos análisis provenientes de algunos medios europeos. Parecen sorprendidos de que un partido mundialista despierte emociones intensas. Como si los Mundiales fueran congresos académicos y no el mayor evento deportivo del planeta.
Pero detrás de esa discusión futbolística existe otra mucho más profunda. Europa atraviesa una evidente crisis de identidad. Las tasas de natalidad caen año tras año. La secularización avanza. El concepto mismo de nación es cuestionado desde numerosos ámbitos políticos y académicos. La familia tradicional dejó de ocupar el lugar que tuvo durante siglos y buena parte del continente parece debatirse entre conservar su herencia cultural o reemplazarla por nuevos paradigmas.
Sudamérica recorre un camino diferente. Con todas nuestras limitaciones económicas e institucionales, seguimos siendo una región donde millones de personas consideran que Dios ocupa un lugar central en sus vidas, donde la familia continúa siendo la principal red de contención social y donde el patriotismo todavía no constituye una palabra incómoda.
Quizá por eso también vivimos el fútbol de otra manera. Porque nuestras selecciones representan algo más que una federación deportiva. Representan pueblos enteros.
No sostengo que Sudamérica sea moralmente superior a Europa. Tampoco que nuestro fútbol deba estar exento de críticas cuando aparecen conductas reprochables. Lo que rechazo es la pretensión de que una sola cultura determine cuáles son las formas legítimas de competir, de celebrar, de sentir y hasta de interpretar un partido. Las civilizaciones también compiten en el terreno de las ideas.
Y mientras Europa continúa discutiendo qué quiere ser en las próximas décadas, América del Sur parece conservar con mayor naturalidad algunos pilares clásicos de la civilización occidental: la importancia de la familia, el valor de la comunidad, la dimensión pública de la fe y una identidad nacional que todavía no pide disculpas por existir.
Tal vez el mayor obstáculo para quienes desean uniformar culturalmente al mundo sea precisamente ese. Que todavía existe un continente dispuesto a defender su propia manera de entender la vida.




