Hay cosas que el fútbol revela mejor que cualquier debate político. Una de ellas es la enorme facilidad con la que cierta opinión pública europea se arroga el derecho de repartir certificados de buena conducta mientras aplica un criterio completamente distinto cuando los protagonistas llevan una camiseta europea.
No es una sensación nueva. Ya ocurrió en Catar 2022 cuando, antes del partido entre Países Bajos y Argentina, los neerlandeses alimentaron el clima con declaraciones despectivas y gestos de menosprecio hacia el seleccionado argentino. La falta de respeto comenzó antes de que rodara la pelota. Durante el encuentro, el juego se volvió cada vez más áspero y las infracciones se multiplicaron. Cuando Argentina respondió y el partido terminó convertido en una batalla campal, gran parte del relato internacional decidió concentrarse en una sola conclusión: Argentina había sido la selección «sucia».
Las provocaciones previas quedaron convenientemente olvidadas.
Cuatro años después, la historia volvió a repetirse con otros protagonistas. Paraguay y Francia. Antes del partido abundaron los gestos de confianza y las burlas francesas hacia un rival considerado inferior. Durante el encuentro aparecieron las fricciones propias de un partido mundialista de alta intensidad y, cuando la tensión escaló y ambos equipos protagonizaron enfrentamientos, buena parte de los comentarios volvió a concentrarse en la conducta paraguaya, acompañada de largos discursos sobre el «fair play», el respeto y el fútbol limpio.
Cuando el protagonista es un seleccionado europeo, muchas conductas son relativizadas como parte de la competitividad. Cuando quien responde es un equipo sudamericano, inmediatamente aparecen análisis morales, llamados de atención y lecciones sobre cómo debe comportarse el fútbol.
Esa doble vara resulta difícil de ignorar, pero es una lógica que trasciende al deporte.
Existe una corriente de pensamiento, a la que muchos identifican con el “progresismo cultural” o la denominada cultura woke, que suele presentarse como defensora de principios universales, pero que con frecuencia aplica esos principios de manera selectiva.
El fútbol nunca fue un laboratorio de corrección política. Es un deporte de emociones intensas, pulsaciones a mil, fricción, de orgullo nacional y de competencia feroz. Pretender convertir cada discusión en un sermón moral termina vaciando al deporte de buena parte de su autenticidad.
Y si realmente se quiere promover el respeto, ese principio debería aplicarse desde el primer minuto, en las declaraciones previas, en el comportamiento durante el partido y en el análisis posterior.
Ah, casi me olvido, y de forma equitativa, no únicamente cuando el protagonista pertenece a determinado continente.




