Por Cynthia Peña Ros
Paraguay le ganó a Alemania.
La selección paraguaya eliminó a la tetracampeona del mundo en los dieciseisavos de final del Mundial 2026, después de un partido intenso, cerrado y sostenido hasta el final.
Fue 1-1 en los 120 minutos. Julio Enciso abrió el marcador para Paraguay; Kai Havertz empató para Alemania. El partido se fue a los penales y allí Paraguay resistió mejor. La definición terminó 4-3. José Canale convirtió el penal decisivo y selló una de las victorias más importantes de la historia reciente de la Albirroja.
No fue solo avanzar de ronda. Fue vencer a una selección que forma parte del peso histórico del fútbol mundial. Alemania no es un rival cualquiera: es estructura, tradición, jerarquía, memoria competitiva. Ganarle en un Mundial, y hacerlo en una definición de máxima presión, tiene un valor deportivo enorme. De hecho, es la primera vez en la historia de los mundiales que la selección alemana queda eliminada en una tanda de penales.
Pero lo que me dejó pensando no fue el resultado. Fue lo que pasó después.
Las calles de Asunción se llenaron. La Calle Palma, la Costanera y el Panteón de los Héroes quedaron tomados por una multitud que cantaba, banderas tricolores por todos lados, caravanas de autos que no avanzaban porque no había por dónde. Y no fue solo en la capital: Ciudad del Este, Encarnación, San Lorenzo, pueblos enteros con altoparlantes en la vereda mezclando guarania con cánticos de cancha. El presidente decretó feriado nacional para el martes —”¡Paraguay nunca se rinde! ¡Feriado carajo!”, escribió, y la frase voló por las redes en minutos.
Sé lo que se puede decir de todo esto. Pan y circo. Populismo barato con olor a feriado regalado. Y probablemente haya algo de eso, no voy a hacerme la ingenua. Pero la verdad es que ayer no leí nada feo. No vi una sola nota sobre incidentes, sobre violencia, sobre la fiesta saliéndose de cauce. Vi gente. Mucha gente, junta, por una vez sin pelearse por nada.
Y ahí es donde quiero pararme, no en el folclore del feriado sino en lo otro: ese estallido tiene algo que va más allá del resultado deportivo. Yo lo viví —y lo vi circular en redes, en publicaciones de gente que estaba ahí— como algo que se parece más a una reivindicación que a un festejo cualquiera. Como si un pueblo que carga en su memoria la derrota de una guerra que casi nos borra del mapa, sintiera, cada tanto, la necesidad de pararse de nuevo y decir “acá estamos”. Con el himno, con Patria Querida, con todos: los de acá y los adoptados, los que llegaron de afuera y hoy gritan igual de fuerte.
Y no fue solo acá. Por lo que vi circular en redes, en distintos puntos de encuentro fuera del país —donde paraguayos se juntaban a ver el partido— la fiesta no fue solo nuestra: se sumó gente de otras nacionalidades, como si el batacazo le hubiera caído bien a medio continente, no solo a los que llevamos la albirroja puesta.
No sé si esa lectura es la “correcta”. Es la mía, la que me surgió viendo las imágenes. Pero si algo tiene el fútbol —y esto sí lo creo, más allá de cualquier cálculo político— es la capacidad de sacar a la superficie, por unas horas, lo mejor de la gente. Ayer, en Paraguay, pasó eso. Y no hace falta resolver si es pan y circo o es identidad para poder decir: qué lindo fue verlo.



