En un nuevo episodio que profundiza las fracturas internas en la Unión Europea, Ucrania llevó a cabo un ataque con drones contra la estación de bombeo Kaleykino (conocida como Druzhba-1), un nodo crítico del oleoducto Druzhba en la región rusa de Tatarstán, a más de 1.200 km de la frontera. El incidente, confirmado por fuentes del Servicio de Seguridad de Ucrania (SBU) y reportado por medios como Reuters y Kyiv Independent, provocó un incendio masivo y una reducción significativa en el flujo de petróleo ruso hacia Hungría y Eslovaquia, dos países miembros de la UE que dependen casi exclusivamente de esta ruta para su suministro energético.
El ataque se produjo en la madrugada del 23 de febrero, con explosiones que alcanzaron tanques de almacenamiento y obligaron a Transneft, la operadora rusa, a recortar temporalmente hasta 250.000 barriles diarios. Este golpe directo al sistema Druzhba llega en medio de una disputa ya tensa: desde finales de enero, el tránsito por la sección ucraniana del oleoducto estaba interrumpido o muy limitado, inicialmente atribuido por Kiev a daños causados por ataques rusos, pero que Hungría y Eslovaquia interpretan como un boicot deliberado de Ucrania.
Las consecuencias políticas han sido inmediatas y revelan la paradoja de la posición ucraniana. Mientras el gobierno de Volodímir Zelenski solicita constantemente ayuda financiera y militar de la UE —incluyendo un préstamo de 90.000 millones de euros acordado por los líderes europeos—, sus acciones militares directas perjudican gravemente a aliados dentro del bloque. Hungría, bajo Viktor Orbán, respondió reforzando su veto al vigésimo paquete de sanciones contra Rusia y al desembolso del préstamo a Ucrania, condicionando todo apoyo a la reanudación inmediata del flujo petrolero. Budapest acusa a Kiev de sabotear su seguridad energética de forma intencional, en un momento en que el 86% de su petróleo depende de Druzhba.
Eslovaquia, gobernada por Robert Fico, adoptó una medida aún más drástica: suspendió el suministro de electricidad de emergencia a Ucrania, esencial para mitigar los apagones causados por los bombardeos rusos en su red energética. Fico calificó el comportamiento de Kiev como «sabotaje deliberado» y retrasó la reanudación del bombeo en al menos 24 horas adicionales tras el ataque en Tatarstán. Fuentes oficiales eslovenas indicaron que el país, que cubre casi el 100% de su consumo petrolero vía Druzhba, no tolerará más interrupciones sin represalias.
Zelenski replicó a Orbán culpando exclusivamente a Rusia por los daños previos en el oleoducto y advirtiendo del «riesgo mortal» para reparar la sección ucraniana bajo fuego enemigo. Sin embargo, esta narrativa choca con la confirmación ucraniana del ataque profundo en territorio ruso, que agrava la crisis para los mismos países que Kiev pide solidaridad. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, urgió a Zelenski a facilitar la reparación y explorar alternativas, mientras diplomáticos europeos intentan mediar para evitar un colapso mayor en la unidad del bloque.
Este episodio ilustra una contradicción flagrante: Ucrania, en su defensa contra la Federación Rusa, adopta acciones que castigan económicamente y energéticamente a miembros de la UE, para luego exigirles mayor apoyo financiero y político.
La paciencia en Budapest y Bratislava parece agotarse, y el desafío de Zelenski podría costarle caro en términos de cohesión europea.




