El equipo de Olimpia volvió a exhibir su usual doble cara: arranque con bríos, fútbol prometedor… y después un sopor competitivo que hace preguntarse si este equipo realmente sabe cerrar partidos o simplemente depende de la fortuna más que de su propio fútbol.
A los 4 minutos, mediante un tiro largo de Mateo Gamarra, el Decano encontró lo que terminó siendo un endeble gol en contra de Diego Melgarejo y peor interpretado por quienes deberían ordenar la defensa.
La narrativa del partido fue un calco de otros tantos encuentros donde Olimpia parece dominar, pero no lo hace. Trinidense, con mucho corazón, pero sin ideas claras para generar peligro propio, encontró el empate antes del descanso no por una elaboración brillante, sino por otra siesta defensiva franjeada: tras una jugada que se filtró con demasiada facilidad por el costado, el balón llegó al área y Pedro Zarza remató esquinado, ajustado entre el palo y el arquero.
En el complemento, el equipo franjeado nuevamente tuvo un par de destellos y logró ponerse nuevamente arriba mediante Hugo Quintana, pero la sensación fue la misma: incapacidad para liquidar, errores inexplicables en el repliegue y una defensa que parece dormir cada vez que hay que marcar.
Clementino González empató otra vez para Trinidense, no porque su equipo lo mereciera por volumen de juego, sino porque Olimpia le cedió espacios con la generosidad de quien regala postales navideñas.
Cuando el reloj ya marcaba 88 minutos, apareció Adrián Alcaraz con una definición azarosa que se coló justo para darles la victoria a los franjeados. Más que mérito, fue suerte aliada a la acción de un Olimpia que nunca logra corregir sus errores defensivos básicos ni su falta de definición permanente frente al arco rival.
Por su parte, Sportivo Trinidense no puede atribuirse grandezas: no generó una sola jugada de peligro que pueda ser llamada “buena ocasión de gol” por sí misma, y sus dos tantos llegaron casi exclusivamente por fallos sistemáticos de la defensa del Decano, no por virtudes propias.
Olimpia ganó, pero no convenció ni por asomo, y Trinidense cayó más por la impotencia de un rival desordenado que por su propio fútbol.




