Terminadas las últimas internas coloradas, escribí una columna titulada “El gran elector”, en la que me refería a la influencia innegable de Horacio Cartes en la realidad de la Asociación Nacional Republicana (ANR) y en la política paraguaya en general.
Mi conclusión fue contundente: “Honor Colorado continúa siendo la fuerza dominante dentro de la Asociación Nacional Republicana y Horacio Cartes mantiene intacta su condición de gran elector de la política paraguaya”.
Hoy, a la luz de los últimos acontecimientos, algunos pueden cuestionar aquella afirmación. Sin embargo, creo que mirar solamente lo que ocurre en la superficie puede llevarnos a perder de vista el panorama completo. A veces, el árbol termina tapando el bosque.
El anuncio de Horacio Cartes, en su condición de líder de Honor Colorado, de no presentar candidaturas del movimiento en las próximas elecciones internas fue interpretado por muchos como el comienzo de su retiro de la política. Hubo quienes, casi de inmediato, lo dieron por jubilado.
Pero la política tiene sus propias reglas. Y una de ellas es que dejar de competir no necesariamente significa dejar de influir. Como suelo decir: “Los políticos no se jubilan; simplemente esperan la próxima elección”.
Y, aunque a primera vista pueda parecer contradictorio, creo que esa lógica también ayuda a entender la situación actual de Cartes.
Permítame, estimado lector, comenzar por el final: cualquiera sea el desenlace político de los próximos años, la decisión de Cartes puede ofrecerle una salida favorable en términos de posicionamiento político. Todo dependerá, por supuesto, de lo que ocurra de aquí al 2028 y de cómo se interprete su papel en ese proceso.
Si la ANR, bajo el liderazgo de Santiago Peña y Pedro Alliana, consigue imponerse en las próximas elecciones generales, Cartes podrá presentar su decisión como un gesto de responsabilidad partidaria: el dirigente que supo dar un paso al costado para no convertirse en un obstáculo para su propio partido. Desde esa lectura, el renunciamiento podría contribuir a proyectar una imagen de estadista, alguien que entiende que la continuidad de un proyecto político no siempre exige permanecer en primera línea.
Pero existe el escenario contrario. Si la ANR pierde las elecciones, la interpretación será otra. En ese caso, la ausencia de candidaturas propias de Honor Colorado no necesariamente borrará la influencia de Cartes. Por el contrario, podría reabrirse el debate sobre cuánto pesó su decisión, qué capacidad de conducción conserva y hasta qué punto sigue siendo una referencia determinante dentro del partido y en la política nacional.
En definitiva, el resultado electoral no será el único elemento para evaluar su influencia. También habrá que observar quiénes toman las decisiones, cómo se reorganizan los liderazgos y qué lugar ocupa Cartes en la definición del rumbo partidario.
Por eso, conviene distinguir entre abandonar una candidatura y abandonar el poder político. No son necesariamente la misma cosa. Un dirigente puede dejar de competir personalmente y, aun así, conservar capacidad para ordenar, respaldar o condicionar decisiones. La cuestión es cuánto de esa influencia permanece cuando ya no está en juego una candidatura propia.
La política paraguaya ha demostrado, una y otra vez, que los liderazgos no desaparecen por un anuncio ni se consolidan únicamente por ocupar un cargo. Se miden en la capacidad de mantener interlocutores, construir acuerdos y seguir siendo parte de las decisiones relevantes.
La decisión de Cartes abre, entonces, un nuevo capítulo. Habrá que ver si se trata de un retiro efectivo, de una reorganización de su liderazgo o de una combinación de ambas cosas. Lo que no parece prudente es confundir la ausencia de candidaturas con la desaparición automática de su influencia.
Por ahora, mi afirmación original sigue siendo una hipótesis que deberá contrastarse con los hechos: Honor Colorado y Horacio Cartes no pueden evaluarse solamente por las candidaturas que presenten, sino también por la capacidad que conserven para incidir en las decisiones de la ANR.
Porque en política, a veces, quien deja de ocupar el centro de la escena no necesariamente abandona el escenario. Puede estar, simplemente, esperando el próximo acto.




