No otorgo ningún crédito al escándalo de una sociedad en proceso de descomposición cultural y moral cuando nuestros hijos buscan entretenimiento superficial que embote sus sentidos u obceque sus mentes ¿O acaso nuestras casas están pobladas de libros? ¿Acaso en los aparadores de nuestras alacenas abundan Edgar Allan Poe, Cervantes y T. S. Elliot? ¿Se tropiezan nuestros hijos cuando caminan por los rincones de nuestros hogares con un ejemplar de “El Paraíso perdido” de John Milton o con “Yo el Supremo” de Roa? Difícilmente nuestros hijos busquen respuestas a las interrogantes de la vida en los mejores libros, si no ven a sus padres beber apasionadamente de los mejores libros. La sed de conocimiento no es hereditaria, debe enseñarse por el ejemplo.
Lo cierto y lo concreto es que los resultados alarmantes en las pruebas PISA son el reflejo del abandono gradual y sistemático que hemos realizado, como individuos y como sociedad, del ideal de alta cultura. Hemos pasado décadas desprestigiando a esta última, acusándola de elitista y plutocrática, en aras de, supuestamente, defender una cultura popular. Al hacerlo lo único que hemos logrado es dejar un espacio yermo y baldío que posteriormente sería ocupado por una cultura de baja estofa, una cultura de consumo, barata, desarticulada y superficial. Una cultura que quizás no sea cultura.
Una vez le comenté, con mucho entusiasmo, a una joven abogada de la función pública que me encontraba leyendo el clásico de Montesquieu, su “Del espíritu de las leyes”, y que recientemente había concluido “El contrato social” de Rousseau y el “Segundo Tratado sobre el Gobierno civil” de John Locke. Me miró con extrañeza, y un dejo de desprecio; yo me sentí un sapo de otro pozo. Finalmente me dijo: ¿Para qué lees tanto? De esto ya una década. En contrapartida, fui criado por padres que eran asiduos lectores. Mi madre me enseñaba a memorizar poemas de Pablo Neruda, José Martí o Mario Benedetti. Mi padre me dejaba un libro que leer todos los días y luego me tomaba la lección a las diez de la noche para saber si había leído. Viví en una época sin redes sociales, solo una pequeña biblioteca familiar.
Actualmente la sensación reinante son las competencias de prestigio o aura, de carisma, las cuales son transmitidas por redes sociales, donde los jóvenes usan cierta creatividad para realizar poses ganadoras, que dejen al otro sin respuesta válida, ganando el aplauso fácil de un público más o menos idiota. Lo cierto y lo concreto es que no entiendo por qué se alarman las abuelas que creían en el mal de ojo y esperaban su suerte en el horóscopo o, los padres, que pensaban hacerse ricos con el negocio piramidal de moda. Cada generación abraza la superstición de turno y los jóvenes de nuestro tiempo creen que mediante un golpe de carisma en redes sociales pueden convertirse en influencers multimillonarios en una sociedad donde prima lo audiovisual.
Esfuerzo. Estudio. Análisis. Sacrificio ¿Para qué? Si yo logro una pose ganadora, si gesticulo acaso un soberbio ademán que agite a las masas, ganando así el falso y transitorio favor del público, luego, este acudirá a mis cuentas de redes sociales promoviendo la monetización de las mismas ¿No es acaso este el descabellado mito de nuestra época? Atrás quedaron los tiempos donde había que quemarse las pestañas para aprender letras que amueblen nuestras mentes dotándonos de cierta perspectiva para entender el complejo panorama de la realidad. Atrás quedaron las épocas donde había que abstraer principios, de arduas lecturas, que arropen nuestros instintos más elementales proveyéndonos de esta forma de las rudimentarias herramientas de una libertad civil. Ahora la única aspiración fundante del orden social es la búsqueda de visibilidad, ser notables, la baja ambición de la fama.
Los jóvenes quieren ser influencers, pero no saben por qué quieren influir. Quieren ser notables, solo por el simple hecho de “ser ellos mismos”. Pero nadie tiene derecho a la notabilidad ni menos aún a la influencia, a menos que tenga algo importante y trascendente que decir. Los antiguos, los clásicos y los modernos pasaban toda una vida pensando en qué escribir, para luego legarnos algo de valor, algo que resista la implacable prueba del tiempo, para heredarnos mucho más que un gesto, más que un ademán y ciertamente, mucho más que una pose. El deterioro cultural y cognitivo viene ya de hace décadas y a los adultos nos corresponde hacer un examen de conciencia, del por qué las cosas están como están y sobre el por qué nuestros hijos y nietos solamente buscan alimentarse de la vana y fútil complacencia que se encuentra en el limitado mundo virtual. Si nuestros hijos farmean aura, quizás sea porque usted como padre y abuelo no les ha mostrado un camino mejor. Nunca es tarde para buscar conocimiento de los mejores libros y un gesto, una pose que sus hijos y nietos recordarán, es ver a su padre y abuelo, sentados, leyendo un buen libro. Ese gesto podría, inadvertidamente, ganar la guerra cultural, aunque usted y yo sintamos que vamos perdiendo la batalla.




