Hay victorias pasajeras y otras que se recuerdan para siempre. La conseguida anoche por Paraguay pertenece a esta última categoría. La Albirroja derrotó a Alemania por 4-3 en la definición por penales, tras igualar 1-1 en 120 minutos de una batalla memorable, y selló su clasificación a los octavos de final del Mundial con una actuación que tuvo como bandera el sacrificio, la disciplina y una convicción inquebrantable.
Desde el pitazo inicial quedó claro cuál sería el libreto del encuentro. Alemania monopolizó la posesión y empujó constantemente hacia el arco paraguayo, pero chocó una y otra vez contra un bloque defensivo impecablemente organizado. En gran parte del primer tiempo, los europeos ni siquiera consiguieron ingresar con claridad al área guaraní, mientras Gustavo Gómez, José Canale, Junior Alonso y compañía despejaban cada intento con absoluta firmeza. Paraguay soportó la tormenta con serenidad, esperando pacientemente el momento indicado para golpear.
Y ese instante llegó a los 42 minutos. Damián Bobadilla recuperó un balón vital, Miguel Almirón recogió el balón y Galarza envió un centro perfecto para que Julio Enciso apareciera completamente libre y conectara un certero cabezazo que dejó sin opciones a Manuel Neuer. Era el premio para un equipo que entendió perfectamente cómo debía jugar este partido.
En el complemento apareció una Alemania mucho más nerviosa e imprecisa. Sin embargo, cuando Paraguay atravesaba su mejor momento de control emocional, llegó el empate. A los 54 minutos, Kai Havertz peinó de cabeza un centro desde la derecha y venció a Orlando Gill para establecer el 1-1. Fue un golpe duro, porque la Albirroja había logrado enfriar el trámite y comenzaba a sentirse cada vez más cómoda.
A partir de allí, los germanos atacaron con insistencia, pero la defensa paraguaya volvió a levantar un verdadero muro. Gill respondió cuando fue exigido, los centrales rechazaron todo lo que cayó en el área y el equipo de Gustavo Alfaro no perdió la compostura. Incluso en la prórroga resistió otro vendaval alemán, incluyendo un gol anulado por infracción previa, hasta llevar la definición a los doce pasos.
La tanda fue un espectáculo de tensión absoluta. Orlando Gill comenzó agrandándose para contener el disparo de Kai Havertz. Luego convirtieron Gustavo Gómez y Matías Galarza para Paraguay, mientras Antonio Sanabria y Fabián Balbuena desperdiciaron sus ejecuciones. Gill volvió a vestirse de héroe al detener el remate de Nick Woltemade y, tras otro fallo alemán de Jonathan Tah, José Canale caminó hacia el punto penal con una tranquilidad admirable. Su remate cruzado terminó en la red y con él llegó una de las imágenes más emocionantes de la historia del fútbol paraguayo: la clasificación a octavos eliminando a una potencia mundial.
El triunfo también tiene un enorme valor simbólico. Veinticuatro años después de la dolorosa eliminación frente a Alemania en el Mundial de 2002, Paraguay encontró su revancha deportiva. Esta vez la historia estuvo del lado de la Albirroja. Además, rompió una marca histórica: por primera vez, Alemania perdió una serie de penales en una Copa del Mundo.
Ahora aparece un nuevo desafío. Si Francia supera su compromiso, el sábado podría presentarse otra oportunidad para saldar una vieja cuenta pendiente. Pero el mensaje debe ser el mismo: Paraguay no necesita cambiar su identidad. Debe seguir siendo ese equipo aguerrido, disciplinado y decidido que anoche demostró que, cuando la convicción supera a los nombres, no existen gigantes imposibles de derribar.




