Mi abuela tenía una frase que repetía cada vez que veía algo demasiado evidente como para ignorarlo, pero demasiado incómodo como para admitirlo públicamente: «Las brujas no existen, pero de que las hay, las hay».
Era su manera de describir esas verdades que todos conocen, que todos comentan en voz baja, pero que pocos se animan a señalar en voz alta.
Y si alguna vez una frase encajó perfectamente en la realidad política latinoamericana de los últimos años, es esta.
Durante décadas se nos dijo que el avance de determinados movimientos políticos, organizaciones sociales, ONG y grupos ideológicos en América Latina era un fenómeno completamente espontáneo. Que las marchas identitarias aparecían porque sí. Que la agenda de género avanzaba porque sí. Que el aborto se convertía simultáneamente en prioridad legislativa en distintos países porque sí. Que las campañas mediáticas, los observatorios, los colectivos, los activistas profesionales y las interminables estructuras de influencia surgían por generación espontánea, que era la sociedad evolucionando..
Y cualquiera que osara preguntar quién financiaba semejante despliegue era inmediatamente etiquetado como conspiranoico. Hasta que ya no pudieron ocultarlo.
Los documentos aparecieron dejando expuestos los fondos, los nombres salieron a la luz y el mundo descubrió que USAID no era una agencia de cooperación internacional, era una poderosa herramienta de financiamiento político e ideológico que, directa o indirectamente, irrigaba recursos hacia organizaciones alineadas con la izquierda y el progresismo en toda la región.
De repente, lo que era una teoría pasó a ser una evidencia.
Y entonces ocurrió algo extraordinario. Llegó Donald Trump y anunció algo que, en teoría, no debería haber cambiado absolutamente nada: que el dinero de los contribuyentes estadounidenses sería utilizado para beneficiar a los contribuyentes estadounidenses. Nada más.
Fue cuando, curiosamente, todo cambió. Como si alguien hubiera apagado un interruptor. Como si el hechizo se hubiera roto. Como si las brujas de mi abuela hubieran perdido sus poderes.
Las grandes movilizaciones identitarias comenzaron a desaparecer. Los temas que parecían urgentes e impostergables dejaron de ocupar portadas. El aborto dejó de ser presentado como la principal preocupación de sociedades que enfrentan inseguridad, inflación y pobreza. La cultura de la cancelación empezó a retroceder. Quienes defendemos que el sexo biológico existe dejamos de ser tratados como herejes modernos.
Y hasta el apocalipsis climático, que según algunos estaba programado para el próximo martes, empezó a perder intensidad mediática. Curioso. Muy curioso.
Pero más curioso aún resulta observar lo que comenzó a ocurrir en las urnas.
Desde el desfinanciamiento de USAID, la región empezó a mostrar una tendencia electoral imposible de ignorar. Allí donde antes parecía existir una autopista de un solo sentido hacia el progresismo, comenzaron a multiplicarse los triunfos de candidatos identificados con la derecha, el conservadurismo o el nacionalismo.
Chile eligió a Kast.
Bolivia eligió a Paz.
Perú eligió a Fujimori.
Ecuador eligió a Noboa.
Honduras eligió a Asfura.
Colombia eligió a Espriella.
Costa Rica eligió a Fernández.
Siete elecciones. Siete victorias. Siete señales. Por supuesto, los expertos dirán que todo es casualidad. Dirán que no existe relación alguna. Dirán que la sociedad simplemente cambió de humor al mismo tiempo y en todos los países. Dirán que las estructuras de financiamiento internacional no influyen en la política.
Dirán muchas cosas. Las mismas cosas que nos dijeron durante años. Pero los ciudadanos observan, comparan, recuerdan y sacan sus propias conclusiones.
Quizás lo que estamos presenciando no sea otra cosa que el regreso de la normalidad. El retorno de valores que construyeron la civilización occidental antes de que una élite burocrática decidiera avergonzarse de ellos: Dios, Patria y Familia.
Valores imperfectos, tal vez.
Humanos, sin duda.
Pero infinitamente más sólidos que cualquier ingeniería social diseñada desde oficinas internacionales financiadas con dinero ajeno y las más de las veces, espurio.
Mi abuela seguramente sonríe desde algún lugar al ver todo esto y vuelve a resonar aquella frase:
Porque las brujas no existen. Pero de que las hay, las hay.




