Lo que pasó con la reforma de la Caja Fiscal no es solo un desorden más en el Congreso. Es algo que ya vimos demasiadas veces en Paraguay. Cuando llega el momento de tomar decisiones incómodas, de poner orden y de corregir injusticias, la política retrocede. Y, como siempre, los que terminan pagando no son los que deciden ni los que se benefician, sino los de siempre: la gente que trabaja todos los días, que paga sus impuestos y que sostiene al Estado sin recibir algo proporcional a cambio.
Se perdió una oportunidad real de hacer una reforma de fondo. Lo que debía ser una solución urgente terminó diluyéndose entre idas y vueltas, discursos contradictorios y promesas que se dejaron de lado. Al final, nada cambió. El problema sigue ahí, intacto, pero con una diferencia: ahora el peso es mayor y vuelve a caer sobre los contribuyentes.
Lo más preocupante es que esto ya parece normal. Se priorizan los cálculos políticos por encima de lo que realmente necesita el país, se deja de lado la responsabilidad fiscal y se asume, casi sin discusión, que el costo lo pague una mayoría que no tiene voz ni capacidad de presión. Mientras tanto, hay sectores que siguen cobrando más de lo que aportan, en un sistema que cada vez resulta más difícil de defender frente a quienes sí cumplen con sus obligaciones.
Pero el problema no es solo esta decisión puntual, sino lo que representa. Incluso cuando hay condiciones para hacer cambios importantes, se elige lo fácil, lo inmediato. Se patea todo para adelante, nadie se hace cargo y el resultado es siempre el mismo: el esfuerzo de unos termina financiando los privilegios de otros.
Y entonces la pregunta vuelve, inevitable: ¿quién paga el costo del Estado? ¿Quién sostiene los déficits? La respuesta también es la de siempre. Los que no tienen contactos, los que no presionan, los que no negocian beneficios. En definitiva, los contribuyentes.




