El 7 de marzo de 2016 no fue un día cualquiera para Alfredo Bonga. Ese día, con apenas la mayoría de edad recién cumplida, el joven dejó su tierra natal, Angola, para subir a un avión con destino a un país que apenas conocía: Paraguay.
Diez años después, ese momento sigue grabado en su memoria, y Bonga decidió compartir sus recuerdos y reflexiones a través de sus redes sociales, emocionando a quienes lo siguen con su historia de superación y adaptación.
“Aún lo recuerdo como si fuera hoy”, cuenta al evocar aquel viaje que cambió su vida para siempre.
En aquel entonces era apenas un joven con poca experiencia de vida, pero con una maleta cargada de sueños. Tenía un objetivo claro: estudiar y convertirse en médico. Lo que no imaginaba era todo lo que significaba empezar de cero en otro país.
No se trataba solo de cambiar de geografía. Era enfrentarse a un mundo completamente nuevo.
Otro idioma.
Otra cultura.
Otra forma de pensar y de vivir.
Y, sobre todo, el desafío de adaptarse.
Al llegar a Paraguay, los primeros años estuvieron llenos de pequeñas confusiones culturales. Algunas cosas que en Angola eran totalmente normales provocaban miradas extrañas aquí, e incluso molestia.
“Hacía cosas que para mí eran normales, pero la gente me miraba raro o se enojaba. Y yo pensaba: ‘¿Qué hice mal?’”, recuerda Bonga.
Con el tiempo entendió que no se trataba de hacer algo incorrecto. Simplemente estaba en otro país.
Fue entonces cuando comprendió algo fundamental: si quería ser aceptado, respetado y sentirse parte de ese nuevo lugar, debía aprender a conocer y amar la cultura paraguaya.
Y así empezó su verdadera adaptación.
Aprendió a disfrutar de los sabores locales: la chipa, el vori vori, los asados compartidos y las largas rondas de tereré bajo el calor del verano. También comenzó a familiarizarse con el idioma guaraní, una lengua que para muchos extranjeros representa una puerta de entrada al corazón cultural del país.
“Poco a poco fui aprendiendo a vivir como un paraguayo”, dice entre risas, incluso recordando frases que ya forman parte de su vida cotidiana: “Ani nde ñaña, eju ja’u la hamburguesa de Ac’Bonga”.
Pero más allá de la gastronomía o del idioma, lo que más marcó su experiencia fue la gente.
En estos diez años, Bonga asegura haber encontrado en Paraguay algo más que un lugar para estudiar o trabajar. Encontró personas que le tendieron la mano cuando más lo necesitaba.
“Aprovecho para agradecer a todos ustedes, hermanos paraguayos, que me enseñaron su cultura y me hicieron sentir parte de esta hermosa tierra”, afirmó en su publicación en redes sociales.
En Paraguay también aprendió otras lecciones, quizás más profundas que cualquier materia universitaria.
Aprendió a trabajar duro.
A levantarse cuando las cosas no salen como uno espera.
A seguir adelante incluso cuando la vida se vuelve difícil.
Aquí entendió que los sueños también pueden construirse lejos de casa, lejos de la familia y de los paisajes de la infancia.
Diez años después de aquel vuelo que lo trajo desde África, Alfredo Bonga sigue caminando el mismo camino.
Y sigue aprendiendo.
“Porque el aprendizaje solo termina cuando termina la vida”, reflexiona.
Al final, sus palabras resumen el sentimiento que hoy lo une a esta tierra que lo recibió hace una década:
“Rohayhu che Paraguay”.




