Por Minerva Machado
En Paraguay —como en la mayoría de las democracias contemporáneas— el discurso anticorrupción se ha convertido en una bandera transversal. Oficialismo y oposición la levantan con la misma intensidad. Sin embargo, cada vez que un parlamentario denuncia irregularidades en una institución pública, surge una pregunta inevitable: ¿desde qué lugar lo hace?
El debate reciente en torno al Instituto de Previsión Social (IPS) volvió a poner sobre la mesa una discusión más profunda que el caso puntual. No se trata solo de quién critica, sino de cuál es la estructura real del poder político en el país.
¿Puede existir objetividad cuando hay vínculos empresariales?
En teoría, sí. La Constitución no prohíbe que empresarios o personas vinculadas al sector privado ocupen bancas parlamentarias. De hecho, la experiencia empresarial puede aportar conocimiento técnico valioso.
El problema no es la actividad privada en sí misma. El problema aparece cuando:
- Las empresas vinculadas al entorno político contratan con el Estado.
- Las decisiones legislativas impactan directa o indirectamente en esos sectores.
- La crítica pública puede estar atravesada por intereses cruzados.
En ese punto, la discusión deja de ser legal y pasa a ser ética.
Porque la ciudadanía no solo evalúa la legalidad de una actuación, sino su coherencia.
El conflicto de interés como fenómeno estructural
Hoy resulta difícil encontrar parlamentarios completamente desvinculados de estructuras empresariales. Muchos provienen del comercio, la agroindustria, el sector farmacéutico, la construcción o el sistema financiero. Otros no son empresarios directos, pero su entorno familiar sí lo es.
¿Eso los inhabilita? No necesariamente.
Pero sí los obliga a un estándar más alto de transparencia.
Cuando un legislador cuestiona la administración de una institución pública que, a su vez, mantiene relaciones contractuales con sectores empresariales cercanos a su entorno, el escrutinio es legítimo. No porque se presuma culpabilidad, sino porque la representación popular exige independencia real y percibida.
La política democrática no solo necesita ser honesta; necesita parecerlo.
La erosión de la autoridad moral
Un representante del pueblo tiene como capital principal su autoridad moral. Esa autoridad no se construye únicamente con discursos firmes o denuncias mediáticas. Se sostiene en la coherencia entre lo que se dice y el lugar desde donde se dice.
Si la ciudadanía percibe que la crítica puede estar influenciada por intereses indirectos, el mensaje pierde fuerza. Incluso aunque el cuestionamiento sea válido.
La falta de distancia entre poder político y poder económico no solo debilita la credibilidad individual; también deteriora la confianza en el sistema.
Y esa desconfianza tiene consecuencias: apatía electoral, cinismo ciudadano y debilitamiento institucional.
¿Es posible una representación sin vínculos empresariales?
La respuesta realista es que no existe pureza absoluta. En sociedades pequeñas y economías concentradas, los círculos de poder suelen superponerse. Pero sí es posible avanzar hacia mecanismos que reduzcan la opacidad:
- Declaraciones juradas ampliadas y accesibles.
- Transparencia activa sobre relaciones familiares y societarias.
- Reglas claras de incompatibilidades.
El debate no debería centrarse en nombres propios, sino en el modelo político que queremos consolidar.
La función de control parlamentario es esencial. Sin crítica no hay democracia. Pero la crítica pierde eficacia cuando el emisor no está blindado éticamente.
Un legislador puede tener razón en sus denuncias y, aun así, fracasar en convencer si la ciudadanía percibe contradicción.
El desafío, entonces, no es silenciar a quienes tengan pasado o vínculos empresariales. El desafío es exigir coherencia, transparencia y límites claros.
Porque cuando el representante no logra demostrar independencia, su tarea se vuelve menos eficiente. Y cuando la representación se debilita, quien pierde no es el político: es el ciudadano.
En tiempos de desconfianza institucional, la coherencia ya no es un valor deseable. Es una condición mínima para ejercer autoridad pública




