El reciente análisis del biólogo estadounidense Bret Weinstein —cada vez más citado por quienes intentan comprender el caos cultural actual— ofrece una explicación tan inquietante como coherente de por qué la política contemporánea se ha convertido en un campo emocional, irracional y peligrosamente fanático. Una explicación que, más que sociológica o psicológica, es biológica. Una que reduce muchas de las conductas modernas a un hecho simple: por primera vez en 300.000 años de historia humana, el sexo dejó de tener consecuencias.
La revolución sexual de los años 60 —la píldora, el aborto, los anticonceptivos— permitió algo que jamás había ocurrido en la evolución humana: obtener la “recompensa biológica máxima” sin pagar su precio natural. Es decir, sexo sin embarazo, sin parto, sin pañales, sin noches en vela, sin una década de crianza absorbente. Un placer sin compromiso, sin responsabilidad y sin continuidad biológica.
¿Resultado? Varias generaciones de jóvenes cargadas con los mismos impulsos, hormonas, energía vital y feroces instintos protectores que la evolución diseñó durante millones de años… pero sin ningún hijo a quien proteger.
Y esos instintos, como toda fuerza de la naturaleza, no desaparecen por decreto ni se apagan con pastillas. Buscan salida. Necesitan un “objeto”. Y lo han encontrado: la ideología.
El instinto materno sin hijos: una bomba biológica en busca de causa
Weinstein sostiene algo polémico pero verosímil: que esta energía protectora —especialmente intensa en las mujeres, programadas por la evolución para defender a su única cría con más agresividad que un hombre que puede “irse y reproducirse en otro lado”— ha sido redirigida hacia ideas abstractas. Hacia causas adoptadas con la misma ferocidad con la que antes una madre defendería a su bebé frente a un depredador.
Esa misma neuroquímica que hacía que una mujer se lanzara a morir por su hijo… hoy se activa para “defender” el cambio climático, la justicia social, Gaza, la causa woke del mes, o cualquier bandera emocionalmente disponible. Y esa misma lógica explica por qué la racionalidad choca contra un muro: tratar de convencer a un militante fanático es tan inútil como pedirle a una madre que deje morir a su bebé porque “no conviene”.
Las causas ideológicas se han convertido en bebés simbólicos.
“Charlie Kirk se lo merecía”, se dijo cuando un fanático asesinó al activista. Esa frase no nace de un razonamiento político. Nace de un instinto de protección desviado hacia un objeto ideológico. Nace de un sistema nervioso evolutivo que reacciona como si estuviera defendiendo a un recién nacido, no una narrativa sobre opresiones imaginarias.
El cristianismo ofrecía propósito. La izquierda ofrece sucedáneos emocionales
La izquierda posmoderna —siempre experta en detectar vacíos existenciales— ha ofrecido receptáculos para esta energía extraviada: causas sin fin, cruzadas morales inagotables, “misiones salvadoras” que llenan el hueco que antes ocupaban la maternidad, la familia, la trascendencia y la religión. Donde antes había propósito real, hoy hay propósito placebo.
Da igual cuál sea la causa: lo importante es que funcione como bebé simbólico.
Y ahora Musk anuncia el segundo colapso evolutivo
Weinstein agrega un elemento adicional que vuelve todo aún más oscuro: Elon Musk advirtió que, gracias a la IA, la abundancia hará que el dinero se vuelva tan accesible como se volvió el sexo en los años 70. Es decir, la segunda gran motivación evolutiva —la adquisición de recursos— también dejará de ser necesaria.
La evolución humana se queda sin sus dos motores principales:
- el apareamiento, trivializado;
- la creación de riqueza, automatizada.
Entonces, ¿qué dará propósito a la vida adulta cuando ya no sean necesarios ni los hijos ni el esfuerzo?
Weinstein teme una respuesta siniestra: que la especie humana empiece a fabricar crisis, amenazas y enemigos imaginarios cada vez mayores solo para sentir que su vida tiene sentido. Si la causa cambia cada mes, no importa: se trata de mantener la ilusión de propósito, aunque eso implique violencia, intolerancia o incluso genocidios.
Una especie que perdió el Norte
Puede sonar exagerado, pero la historia humana demuestra que las sociedades sin propósito real terminan creando enemigos ficticios, cruzadas delirantes o utopías totalitarias. Y no es casual que los movimientos más agresivos, más intransigentes y más emotivos del presente provengan de sectores a los que se les enseñó a renunciar a la maternidad, a la familia y a la identidad espiritual.
Si la vida deja de tener sentido en la biología y en la economía, lo buscará —por las malas— en la ideología.
La pregunta es si la humanidad podrá encontrar un nuevo propósito antes de que la combinación de vacío existencial y fanatismo biológico nos empuje, una vez más, al abismo.




