La declinación de la candidatura de Marcelo Galli a la Intendencia de Asunción para respaldar a Soledad Núñez constituye uno de esos episodios que ayudan a entender por qué tanta gente ha dejado de creer en los partidos y en los discursos políticos.
Durante años se habló de libertad, de republicanismo, de mercado, de institucionalidad y de la necesidad de construir una alternativa distinta al progresismo importado que desembarcó en Paraguay de la mano de organismos internacionales, consultorías extranjeras y una extensa red de organizaciones no gubernamentales. Se habló de ideas, de principios y de convicciones.
Hasta que llegó la hora de elegir.
Y cuando llegó ese momento, una parte importante de quienes decían representar esos valores decidió terminar detrás de una candidatura que expresa exactamente aquello que supuestamente combatían.
Soledad Núñez podrá tener virtudes personales, capacidad técnica o atributos de gestión. No se trata de eso. La cuestión es política e ideológica.
Su candidatura representa probablemente la expresión más acabada de esa izquierda ongensera vernácula que desde hace años intenta construir poder político propio en Paraguay. Una corriente que rara vez gana elecciones por sí misma, pero que ha logrado instalar buena parte de su agenda dentro de distintos espacios políticos mediante alianzas, acuerdos y coaliciones.
Lo curioso es observar cómo sectores que hasta ayer denunciaban la influencia de esas agendas terminan hoy trabajando activamente para fortalecerlas.
La decisión de Marcelo Galli no representa solamente una declinación de candidatura. Representa una rendición ideológica.
Porque una cosa es construir acuerdos sobre temas concretos de gestión municipal. Otra muy distinta es entregar una bandera política completa en nombre de una supuesta unidad que termina siendo siempre funcional al mismo sector.
La historia reciente de Paraguay está llena de ejemplos similares. Sectores liberales, conservadores, republicanos o de centroderecha renuncian a presentar propuestas propias para terminar convertidos en proveedores de estructura, legitimidad y votos para proyectos políticos que no comparten sus principios fundamentales.
Después vienen las sorpresas.
Después aparecen los reclamos porque determinadas agendas avanzan.
Después llegan las lamentaciones sobre la pérdida de identidad.
Pero las identidades políticas no desaparecen solas. Se abandonan.
Quizás el problema más profundo no sea la candidatura de Soledad Núñez. Ella simplemente representa aquello en lo que cree y lo hace con coherencia.
La verdadera pregunta deberían hacérsela quienes durante años construyeron un discurso en sentido contrario y hoy descubren que estaban dispuestos a renunciar a él a la primera oportunidad electoral.
Porque cuando las diferencias ideológicas dejan de importar, las ideas dejan de importar.
Y cuando las ideas dejan de importar, la política se transforma simplemente en una disputa por cargos.
La decisión de Galli deja una enseñanza tan simple como incómoda: para algunos dirigentes, el camino más corto entre el liberalismo y la izquierda parece haber resultado ser una candidatura municipal.
Y eso dice mucho más sobre ellos que sobre la candidata a la que decidieron apoyar.




