La célebre frase de Groucho Marx parece describir con precisión quirúrgica la evolución reciente del discurso del Grupo Zuccolillo a través de su diario ABC. Durante años, el medio construyó una línea editorial marcada por la confrontación y la descalificación de quienes fueran adversarios circunstanciales. Desde sus portadas, instaló etiquetas, anticipó condenas y se erigió en juez implacable frente a dirigentes, empresarios o figuras públicas que, de una u otra forma, chocaban con sus intereses o los de su entorno.
En ese esquema, las garantías básicas del Estado de Derecho —como la presunción de inocencia y el derecho a la defensa— quedaban relegadas a un segundo plano. La lógica dominante era otra: presión mediática constante y exigencia de resultados inmediatos. El mensaje era claro y contundente: tolerancia cero… pero aplicada selectivamente.
Sin embargo, cuando el foco se posó sobre su propio entorno, como en el caso en el que se investiga al Banco Atlas por presunto lavado de dinero en la causa Conmebol, el discurso cambió de manera abrupta. Lo que antes era condenado como maniobra dilatoria, hoy pasa a ser presentado como legítimo ejercicio del derecho de defensa. Aquello que se señalaba como obstrucción o chicana, ahora es reivindicado como garantía procesal, incluso por el propio abogado del grupo, Rodrigo Yódice.
El giro no es menor. Las críticas que durante años fueron amplificadas desde sus páginas hoy son denunciadas como censura. Las exigencias de celeridad se transforman en reclamos por el debido proceso. Y la dureza que caracterizaba su línea editorial da paso a una súbita defensa de principios republicanos que, hasta hace poco, parecían prescindibles. El doble estándar no solo queda expuesto: se vuelve imposible innegable.
Este contraste reabre un debate de fondo sobre el rol del periodismo. Porque cuando un medio deja de aplicar criterios uniformes y comienza a seleccionar a quién exigir rigor y a quién conceder indulgencia, abandona su función de contrapeso para convertirse en un actor más dentro del juego de poder. Y en ese proceso, la credibilidad se desgasta, no de un día para otro, sino con cada contradicción acumulada.
Hoy, el mismo instrumento que durante años fue utilizado para cuestionar a otros se vuelve incómodo porque apunta hacia adentro. Y es precisamente en ese momento donde se mide la verdadera consistencia: sostener los principios incluso cuando afectan intereses propios.
Al final, la discusión no gira en torno a un caso puntual, sino a la coherencia. Porque el periodismo que exige estándares también debe estar dispuesto a cumplirlos. De lo contrario, la frase de Groucho Marx deja de ser una ironía… para convertirse en una definición exacta.




