Lo que se vivió en La Huerta fue menos un partido de fútbol y más una competencia grotesca por ver quién cometía el error más ridículo. Cerro Porteño venció 3-2 a Libertad, sí, pero el resultado es casi anecdótico frente a la catarata de indecisiones, burradas y torpezas que ofrecieron ambos equipos.
El partido fue una tormenta de errores no forzados, un desfile de horrores defensivos que transformaron cada gol en una consecuencia directa de la incompetencia del rival. No hubo virtudes claras: hubo fallas. Desatenciones infantiles, malas coberturas, salidas absurdas y decisiones inexplicables. Cerro aprovechó mejor ese caos, pero tampoco puede sacar demasiado pecho. Ganó porque se equivocó un poco menos, no porque haya jugado bien.
El momento más insólito llegó con el segundo gol de Libertad. Tras convertir, los jugadores gumarelos parecieron desconectarse completamente del partido, como si el gol fuese el cierre de la jornada y no un paso intermedio. Se relajaron de forma absurda, bajaron la intensidad y prácticamente invitaron a Cerro a meterse de nuevo en el partido. Fue una escena grotesca: un equipo celebrando mientras el otro ya estaba listo para castigarlo.
Cerro, dentro de ese caos, mostró al menos algo de actitud. Empujó, insistió y no se dejó caer cuando el partido parecía irse. Pero cuidado: esa “entrega” no tapa las enormes falencias futbolísticas. Es un equipo que se aferra a una esperanza casi sin vida, sostenida más por empuje que por juego. Si pretende pelear algo serio, necesita muchísimo más que ganas.
Del lado de Libertad, la conclusión es todavía más dura. Esta derrota no solo duele por cómo se dio, sino por lo que significa: una despedida casi anunciada del campeonato. Un equipo sin concentración, sin solidez y sin respuestas. Perdido en sus propios errores, incapaz de sostener una ventaja y, peor aún, sin la madurez para competir.
Fue 3-2, pero pudo haber sido cualquier cosa. Porque cuando reina la incompetencia, el resultado es lo de menos.




