Lo de Cerro Porteño ya no admite maquillaje ni excusas baratas. La derrota 2-0 ante Rubio Ñu ayer no fue un accidente: fue la confirmación de un equipo en decadencia, mal trabajado y peor conducido desde el banco.
El primer tiempo el ciclón insinuó, tuvo aproximaciones, pero como viene siendo costumbre, sus delanteros parecen jugar con miedo. Definiciones tímidas, displicentes, sin hambre. Cada ataque se diluye como si nadie quisiera hacerse cargo. No es falta de técnica, es falta de carácter. Inoperancia pura.
Y cuando el partido pedía cabeza, apareció el descontrol. El capitán Gustavo Velázquez protagonizó una jugada que resume el desastre mental del equipo: una pelota que se iba al lateral terminó insólitamente en campo de juego, revivida por su propia torpeza. De ahí nace la acción que deriva en el penal para Rubio Ñu. Un capitán que, en vez de ordenar, empuja al abismo.
El gol de Mendieta desde los doce pasos fue un castigo lógico al arquero Fernández ya no está para este nivel. Sostenerlo bajo los tres palos es una falta de respeto al club. Lento de reacción, inseguro, transmitiendo dudas en cada intervención. Es una carga, sostenida más por el apellido que por rendimiento.
Y en el banco, decisiones que rozan lo incomprensible. Cambios tardíos, otros directamente inexplicables, desarmando lo poco que había. El equipo se rompió en pedazos, sin orden ni respuesta física. Porque sí, el estado físico es alarmante: jugadores pesados, sin ritmo, como si la noche pesara más que la camiseta. El desgaste no es solo futbolístico, es evidente que hay algo más detrás.
Mientras tanto, Rubio Ñu hizo lo que tenía que hacer: ordenarse, esperar y castigar. Sin brillar, aprovechó cada error de un rival que se equivoca como un equipo de escuela de fútbol. El segundo gol fue la confirmación de la inocencia defensiva de Cerro.
Hoy, Cerro no compite, trata de sobrevivir a su inoperancia. Y cada partido lo acerca más a un papelón mayor. Más aun cuando se acerca la doble competencia en la copa libertadores.




