Olimpia ganó, sí. Terminó la primera rueda invicto y como líder, también. Pero detrás del 1-0 ante Luqueño se esconde una verdad incómoda: este equipo juega mejor que muchos, pero define peor que casi todos. Y eso, tarde o temprano, se paga.
El arranque mostró una paradoja clara. Olimpia intentaba construir, asociarse, tener la pelota dominar territorialmente, pero repitió el mismo error de siempre: fue tímido en la definición. Luqueño, en cambio, jugaba a lo que salga: pelotazos y poca o nula conexión colectiva. Sin embargo, las mejores situaciones del primer tiempo fueron del auriazul.
A los 35 y a los 45 minutos, Luqueño estuvo a nada de abrir el marcador. ¿Por qué no lo hizo? Porque apareció Olveira. Otra vez. Firme, seguro, prácticamente inexpugnable. El arquero paraguayo sostuvo a Olimpia cuando el equipo hacía agua en defensa y evitó una catástrofe justo antes del descanso.
En la segunda mitad, el trámite fue más previsible. Olimpia se adueñó del balón y del ritmo del partido, pero cayó en su vicio más repetido: tocar, tocar y no lastimar. Los delanteros parecen bloqueados frente al arco. No es falta de técnica, es algo peor: pánico. Miedo a definir, a hacerse cargo.
Hasta que alguien tenía que romper con esa inercia absurda. Y lo hizo Richard Ortiz. No un delantero, no un extremo, no un goleador. Un mediocampista. Otra vez un jugador ajeno al ataque resolviendo lo que los que viven del gol no pueden.
Eso sí, esta vez hubo algo distinto: tras el 1-0, Olimpia no se conformó. Fue, insistió, empujó. Mostró ambición. Pero también dejó en evidencia su peor defecto: la displicencia para concretar. Erraron situaciones claras una y otra vez. Y eso no es mala suerte, es negligencia futbolística.
Del lado de Luqueño, hubo voluntad en pasajes aislados, pero sin juego colectivo es imposible sostener algo serio. Varios futbolistas transmiten desgano, y los rumores de deudas salariales empiezan a pesar más de lo que deberían.
Olimpia lidera, sí. Pero ya vivió esta historia: Apertura 2011, 2016, Clausura 2016 y 2017. Dominó… y terminó lamentando. Si no corrige su terror al gol, este equipo no va a perder el campeonato: lo va a regalar.




