En los últimos años, sobre todo después del “sábado negro” del 07 de octubre de 2023, se instaló una peligrosa distorsión moral en amplios sectores del discurso público occidental. Con un lenguaje cuidadosamente maquillado, viejos odios reaparecen con nuevas credenciales ideológicas. Hoy, odiar al judío volvió a ser “progresista” si se lo formula con las palabras correctas; justificar el terror se volvió un ejercicio de “contextualización histórica”; y la exigencia de neutralidad moral solo recae sobre Israel, nunca sobre quienes lo atacan, lo niegan o llaman abiertamente a su destrucción.
No se trata de críticas legítimas a un gobierno, algo totalmente válido, sino de un doble estándar obsceno. Cuando el terrorismo islámico asesina civiles, secuestra niños o utiliza hospitales como escudos, el reflejo automático de estos sectores no es la condena, sino la explicación, la contextualización. Siempre hay una excusa, una causa estructural o una narrativa que diluye la responsabilidad de los agresores. El crimen deja de serlo si el victimario encaja en el molde correcto.
En cambio, al Estado de Israel no se le concede ese beneficio. Se le exige una pureza moral que no se le pide a ningún otro Estado del mundo. Puede defenderse, pero sin defenderse demasiado. Puede responder, pero sin incomodar. Puede existir, pero pidiendo disculpas. Y si no cumple con este estándar imposible, la crítica se transforma rápidamente en demonización, y la demonización en algo mucho más antiguo y conocido por todos: el antisemitismo.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí alarmantemente normalizado. Viejos prejuicios reaparecen reciclados como consignas académicas, artísticas o militantes. El judío vuelve a ser señalado como el poder detrás del poder, como la encarnación del mal global, como el culpable colectivo. La diferencia es que ahora no se lo grita desde los márgenes de la sociedad, sino desde universidades, medios de comunicación, festivales culturales y, por supuesto, desde las organizaciones que se autoproclaman defensoras de los derechos humanos.
La historia debería habernos enseñado algo. El antisemitismo nunca comienza con cámaras de gas; comienza con palabras, con chistes, con relativizaciones, con silencios cómplices, en pocas palabras, el antisemitismo comienza volviendo aceptable al odio presentado como conciencia social. Y termina, siempre, con sociedades moralmente degradadas incapaces de distinguir entre víctimas y verdugos.
Rechazar el antisemitismo no es ni debería ser considerada una postura ideológica, es una obligación ética para todo bien nacido. Cuando el progresismo se permite justificar el terror y señalar siempre al mismo culpable, deja de ser progresista y se convierte en una regresión peligrosa.
El problema no es Israel. El problema es una cultura política que ha decidido que hay odios permitidos y víctimas descartables. Y cada vez que eso ocurre, no solo se traiciona a los judíos, se traiciona a la idea misma de humanidad.




