La ciudad de Nueva York vuelve a quedar en el centro de una controversia política e ideológica de alto voltaje. En una decisión que ha encendido alarmas tanto dentro como fuera de Estados Unidos, el alcalde nombró como principal asesor legal de la ciudad al abogado Ramzi Kassem, conocido por haber defendido a integrantes de Al Qaeda tras los atentados del 11 de septiembre y por sus vínculos con el entramado de organizaciones asociadas a la familia Soros.
El nombramiento no es un dato menor. Kassem no es un abogado desconocido ni un técnico sin trayectoria política: su carrera está marcada por la defensa de yihadistas detenidos en el marco de la guerra contra el terrorismo y por su militancia en causas alineadas con el progresismo radical. Que una figura con ese prontuario jurídico e ideológico se convierta en el principal asesor legal de la ciudad más emblemática de Occidente resulta, como mínimo, perturbador para amplios sectores de la sociedad estadounidense.
Pero la polémica no terminó ahí. En su primer día de gestión, el nuevo alcalde Zohran Mamdani avanzó con otra decisión de fuerte carga simbólica y política: derogó la adopción oficial de la definición de antisemitismo de la Alianza Internacional para la Memoria del Holocausto (IHRA), una guía ampliamente utilizada para identificar expresiones de odio contra el pueblo judío. Mamdani justificó la medida alegando que dicha definición imponía límites indebidos a la crítica política hacia el Estado de Israel.
La reacción fue inmediata. El gobierno israelí expresó su profunda preocupación y acusó al alcalde de debilitar la lucha contra el antisemitismo en un contexto global donde ese flagelo no deja de crecer. En Nueva York, hogar de la mayor comunidad judía de Estados Unidos, la decisión abrió un debate intenso y generó advertencias concretas sobre el riesgo de un aumento del odio antijudío amparado bajo el paraguas de la “crítica política”.
La combinación de ambos hechos, el ascenso de un abogado que defendió a Al Qaeda al corazón del poder legal de la ciudad y el desmantelamiento de una herramienta clave para identificar el antisemitismo, no parece casual ni aislada. Refleja una orientación ideológica clara, donde el progresismo más extremo redefine los límites morales, relativiza amenazas históricas y reinterpreta conceptos sensibles en nombre de una supuesta corrección política.
Nueva York, símbolo de la lucha contra el terrorismo tras el 11 de septiembre y bastión histórico de la comunidad judía en Estados Unidos, se enfrenta ahora a una deriva política que preocupa a muchos de sus propios ciudadanos. Lo que está en juego no es sólo una disputa académica o semántica, sino la señal que el poder envía sobre qué se tolera, qué se relativiza y qué se deja de proteger. En tiempos de creciente radicalización, esas señales importan. Y mucho.




