La candidatura de Soledad Núñez a la Intendencia de Asunción presenta una dicotomía que podría definir su futuro electoral: la solidez de una figura técnica y preparada académicamente frente a una profunda carencia de los atributos tradicionales del liderazgo paraguayo. Para analistas como Milda Rivarola, Núñez encarna una paradoja política; aunque su currículum es impecable, carece de las «dotes de caudilla», el carisma y la empatía necesarios para conectar con el electorado de base. Según Rivarola, en la política local el contacto físico es un lenguaje en sí mismo: “Te tiene que tocar para mostrar que te quiere. Eso es lo que se precisa para captar votos”, sentenciando que, de no cambiar este enfoque, su carrera será meramente una “campaña testimonial”.
Sin embargo, esta percepción no es exclusiva de los analistas de gabinete. La propia militancia de la Alianza Unidos por Asunción y sectores juveniles han comenzado a manifestar una preocupante lejanía entre la candidata y los electores, como se desprende de recientes filtraciones de grupos de debate interno.
El principal reproche que surge desde las bases es la percepción de elitismo y la estructura burocrática que rodea a la candidata. En ámbitos de discusión política juvenil, se critica que para acceder a ella es necesario superar filtros excesivos: “Tenés que hablar con 2 representantes antes de llegar a ella”. Esta barrera logística alimenta una imagen de distanciamiento que algunos califican directamente como una actitud “re fifi”, señalando una falta total de calidez humana: “Darle la mano o tocarla o abrazarla ni en pedo”.
La crítica hacia su desempeño en el territorio apunta a que Núñez ha priorizado la exposición sobre el intercambio. Los militantes señalan que la candidata “solo sube al escenario a hablar, pero escuchar [nada]”. Esta desconexión se agrava cuando se trata de abordar temas espinosos. Se le acusa de tener una incapacidad —o falta de voluntad— para enfrentar cuestionamientos críticos de la ciudadanía, optando por “desviar las preguntas” o simplemente ignorarlas, especialmente aquellas relacionadas con su postura frente al cartismo.
Más allá de su carisma, Núñez enfrenta un desafío de identidad política que erosiona su base de apoyo. Existe una corriente de opinión que la vincula con los sectores que dice combatir, llegando a ser etiquetada como “Cartista por supuesto” por algunos detractores dentro de los espacios de debate. La desconfianza ha calado hondo, hasta el punto de que se le tilda de ser “cómplice de la mafia de la corrupción”, generando niveles de rechazo donde algunos ciudadanos afirman: “Prefiero confiar en Judas que en Soledad”.
En conclusión, Soledad Núñez se encuentra en una encrucijada: puede tener mucha capacidad técnica, pero en el ecosistema político asunceno, donde el voto se construye en el cuerpo a cuerpo, su imagen de figura distante e intocable podría condenar su proyecto. Si la candidata no logra bajar del escenario para «tocar» y escuchar genuinamente al elector, corre el riesgo de confirmar la profecía de Rivarola y quedar reducida a un símbolo académico sin peso en las urnas.






