La corrección política es un rey Midas perverso y omnipresente: convierte en mierda todo lo que toca. Ya soportábamos la tragedia de la incursión de la política en el futbol, sin embargo, desde que la corrección política se instaló en los ámbitos peloteros, el deporte rey se convirtió en una farsa de baja estofa. El sainete de esta semana, donde dos poderosos millonarios, uno jugador de futbol de la élite; la otra, millonaria política actuando de paraguayita pynandí afrentada, se cruzan en las redes sociales y juegan a los ofendiditos, tiene aires de novela mexicana de bajo presupuesto. La realidad es que la única herida de muerte en este caso, y en otros similares, es la libertad de pensamiento y expresión.
Una discriminación sucede, solamente, cuando un derecho ha sido restringido o violado en función a una condición humana preexistente y no elegida, como ser la raza o el sexo. Ahora les pregunto ¿Cuál derecho le fue negado o restringido al jugador al intentar insultarlo diciéndole camerunés colonizado? ¿Qué derecho fue atropellado cuando este mismo jugador se negó a pasarle la mano a nuestro arquero o incluso cuando sugirió, enfáticamente, en sus declaraciones pospartido que los paraguayos somos mierda? En ambos casos ningún derecho humano fue vulnerado. Cierren el circo ¿Dónde están las víctimas? ¿Dónde el delito?
Algún despistado o confuso tertuliano dirá que el insulto expresado violó “el desarrollo de la libre expresión de la personalidad” de tal o cual, pero… ¿Cómo restringe un insulto el desarrollo de la libre personalidad de la persona insultada? ¿Es Mbappé menos Mbappé después del insulto que antes del mismo? ¿Somos los paraguayos menos paraguayos ahora que previamente a que Mbappé sugiriera que somos “mierda”? Si un insulto falta a la verdad o agravia de forma objetiva a una persona en particular, que esta recurra a los tribunales en lo civil y demande por difamación, calumnia o injuria. Sin embargo, convertir cualquier insulto o agravio, por más despreciable que este sea, en una supuesta discriminación, elevando el culebrón a problema político es una supina expresión de la estupidez humana, especialmente cuando existen verdaderos problemas políticos de los que ocuparnos.
Debemos hacer el esfuerzo por trascender la vulgar tendencia de pretender convertir todo lo que nos desagrada en un problema político. Que yo considere que vos sos un reverendo imbécil no es un problema político. Que yo diga que vos sos un consumado idiota no es un problema político. Si declaro que parecés un mono, por tu color de piel o porque te considero feo, no es un problema político. Seguramente vos podrías replicar diciéndome que soy un gordo, que soy feo porque tengo labio leporino o que soy pobre, y se acabó el problema. No existe discriminación en ninguno de los casos, a lo sumo, podríamos acordar que son problemas de urbanidad, cortesía o educación, pero ¿dónde está la víctima? ¿dónde el derecho lesionado o el daño? ¿dónde está el delito?
No niego que a las personas nos habite la humana propensión a sentirnos heridas cuando recibimos algún comentario desconsiderado, que consideremos agraviante, pero la disposición a universalizar y elevar a problema político nuestras mezquinas pasiones, nuestros complejos individuales o a exportar nuestras heridas particularísimas a los confines del mundo conocido es una ambición humana despreciable. Asistimos a una epidemia ideológica de wokismo que no interpreta límites, que no respeta fronteras, donde un desagradable sentimentalismo melodramático que caracteriza a la más vulgar corrección política lo inunda todo, inclusive los ámbitos del futbol mundial, asfixiando la libertad de pensamiento, ahogando la libertad de expresión; porque donde no se puede hablar, es difícil pensar.
Esta sugerente cadena final de razonamientos, como si fueran las migas de pan que nos dejaron Hansel y Gretel, nos llevan a la siguiente pregunta política: ¿a quién no le conviene que pensemos?




