Hay algo profundamente preocupante en lo que el mundo comenzó a normalizar desde el 7 de octubre de 2023. El día en que Hamas asesinó, secuestró y torturó a civiles israelíes en uno de los ataques terroristas más brutales de las últimas décadas no solo abrió una nueva guerra en Medio Oriente. También abrió una grieta moral en Occidente y en gran parte de América Latina.
En cuestión de semanas, lo que comenzó como condenas legítimas a determinadas acciones militares israelíes derivó, en muchos casos, en una explosión abierta de antisemitismo. No solo de antiisraelismo político. Antisemitismo real. Viejos discursos reciclados. Odio colectivo. Deshumanización. Justificación del terrorismo. Ataques contra judíos que no tenían ninguna relación con decisiones militares del gobierno israelí.
Y eso importa decirlo con claridad.
Criticar a un gobierno es legítimo. Cuestionar acciones militares es legítimo. Pero celebrar ataques terroristas, relativizar masacres de civiles, acosar estudiantes judíos, vandalizar sinagogas o convertir a cualquier judío del mundo en “culpable” de la guerra ya no es activismo político: es odio étnico y religioso.
Los números son imposibles de ignorar. Diversos informes internacionales registraron un crecimiento histórico de incidentes antisemitas después del ataque de Hamas. La Anti-Defamation League (ADL) documentó cifras récord de agresiones, amenazas y discursos de odio contra comunidades judías en Estados Unidos y otras regiones del mundo.
La propia ADL y organizaciones judías latinoamericanas advirtieron sobre un incremento alarmante de vandalismo, amenazas y mensajes antisemitas en países como Argentina, Brasil y Chile.
Lo más inquietante es que gran parte de ese fenómeno ya no ocurre únicamente en círculos extremistas marginales. Ocurre en redes sociales, universidades, medios digitales y manifestaciones públicas donde, muchas veces, el odio hacia Israel se transforma rápidamente en odio hacia los judíos.
Y aquí aparece un problema central: una parte del mundo comenzó a perder la capacidad de distinguir entre el Estado de Israel y el pueblo judío.
La guerra que muchos olvidan cómo empezó
El debate internacional sobre Gaza suele omitir un dato elemental: Israel no inició esta guerra por voluntad expansionista ni por ambición territorial. La guerra comenzó con un ataque terrorista masivo perpetrado por Hamas, organización que no oculta entre sus objetivos la destrucción del Estado israelí.
Ese punto es crucial.
Israel no enfrenta simplemente una disputa diplomática o fronteriza. Enfrenta organizaciones armadas —Hamas, Hezbollah y otros grupos apoyados por Irán— que han declarado explícitamente que Israel no debería existir.
Ningún país del mundo aceptaría convivir indefinidamente bajo ataques con misiles, secuestros masivos o incursiones terroristas en sus ciudades. Ninguna democracia occidental aceptaría que miles de civiles vivan permanentemente bajo amenaza sin responder militarmente.
Sin embargo, una parte importante de la conversación global parece exigirle a Israel estándares imposibles que no se aplican a ningún otro Estado.
Se condena cada acción israelí —muchas veces con razón cuando existen excesos o errores militares—, pero frecuentemente se omite mencionar que Hamas utiliza infraestructura civil, hospitales y zonas densamente pobladas como plataformas operativas. Se omite que mantiene rehenes. Se omite que utiliza a la propia población palestina como escudo político y militar.
Y se omite algo todavía más grave: que el terrorismo islamista radical no amenaza solo a Israel. Amenaza a cualquier sociedad democrática y pluralista.
América Latina: entre solidaridad y radicalización
En América Latina, el conflicto también produjo una polarización acelerada.
Las redes sociales se transformaron en un terreno especialmente fértil para la desinformación, la manipulación emocional y el discurso de odio. El fenómeno no fue exclusivo de la izquierda o de la derecha. Apareció transversalmente, amplificado por algoritmos que premian el contenido más extremo y emocional.
En países con comunidades judías importantes, como Argentina o Brasil, crecieron las denuncias de amenazas, intimidaciones y discursos violentos.
Pero el problema no se limita a agresiones físicas. Existe también un fenómeno más silencioso y peligroso: la normalización cultural del antisemitismo.
Cuando en redes sociales se banaliza el Holocausto, se compara automáticamente a cualquier judío con un “genocida”, o se justifica el asesinato de civiles israelíes como “resistencia”, se está cruzando una línea moral gravísima.
La historia demuestra que el antisemitismo rara vez comienza con violencia física. Comienza con palabras. Con caricaturas. Con deshumanización. Con teorías conspirativas. Con la idea de que los judíos son colectivamente responsables de todos los males políticos.
Y una vez que ese discurso se vuelve aceptable, las consecuencias suelen llegar después.
Paraguay: una excepción regional
En medio de ese escenario, Paraguay mantuvo una postura particularmente clara en respaldo a Israel y en rechazo al antisemitismo.
El gobierno paraguayo reafirmó reiteradamente su apoyo al derecho de Israel a defenderse del terrorismo y sostuvo una posición diplomática cercana al Estado israelí.
Pero quizás lo más importante no fue solo la postura oficial. También existió, en amplios sectores de la sociedad paraguaya, una comprensión histórica y emocional distinta respecto al vínculo con Israel y la comunidad judía.
Eso no significa que Paraguay esté libre de antisemitismo. Las redes sociales paraguayas también mostraron discursos violentos, teorías conspirativas y expresiones radicalizadas desde octubre de 2023. Pero, comparativamente, el país no experimentó el mismo nivel de hostilidad pública que otras regiones.
Parte de ello tiene que ver con la histórica relación diplomática y cultural entre Paraguay e Israel. Parte también responde a una sociedad donde todavía existe cierta conciencia de que el terrorismo no puede relativizarse dependiendo de quién sea la víctima.
El peligro de romantizar el extremismo
Uno de los fenómenos más inquietantes de estos dos años fue la romantización de organizaciones violentas por parte de sectores que, paradójicamente, se presentan como defensores de derechos humanos.
En ciertos espacios digitales y universitarios, Hamas dejó de ser percibido como una organización terrorista y comenzó a ser tratado como símbolo revolucionario o de “resistencia”.
Eso representa un fracaso intelectual y moral enorme.
Porque Hamas no defiende democracia, derechos LGBT, libertad religiosa ni derechos de las mujeres. Hamas representa exactamente lo contrario: autoritarismo religioso, persecución política y violencia sistemática.
La incapacidad de parte de Occidente para reconocer eso revela hasta qué punto el antisemitismo moderno muchas veces se disfraza de activismo político.
No toda crítica a Israel es antisemita. Pero negar el derecho de Israel a existir sí lo es. Justificar masacres de civiles israelíes sí lo es. Exigirle a los judíos del mundo explicaciones colectivas sí lo es.
Una discusión que Occidente no puede evitar
El crecimiento del antisemitismo no es solamente un problema judío. Es un termómetro del deterioro democrático global.
Cada vez que una sociedad comienza a tolerar discursos que deshumanizan colectivamente a una minoría, está debilitando sus propios valores fundamentales.
Por eso el debate no debería centrarse únicamente en Israel o Palestina. Debería centrarse también en qué tipo de civilización quiere ser Occidente.
Una civilización capaz de condenar simultáneamente el terrorismo y el sufrimiento civil. Capaz de defender derechos humanos sin justificar fanatismos. Capaz de distinguir entre crítica política legítima y odio étnico.
Israel seguirá siendo discutido, cuestionado y criticado. Como cualquier democracia. Pero ninguna democracia del mundo debería verse obligada a justificar eternamente su derecho básico a existir y proteger a sus ciudadanos frente a organizaciones que proclaman abiertamente su destrucción.
Y mientras parte del mundo siga relativizando eso, el antisemitismo continuará creciendo bajo nuevos nombres, nuevos discursos y nuevas excusas.




